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Le blog de Contra información


El último reino terrenal - III -

Publié par Contra información sur 1 Septembre 2026, 11:30am

El último reino terrenal - III -

Mientras que las dos primeras publicaciones buscaban comprender quién ostenta el poder y cómo se financia, la tercera nos adentrará en un terreno mucho más vertiginoso: el control de la realidad misma. Porque en la niebla de la guerra que ahora envuelve al planeta, es hora de saber quién pretende definir el mundo en el que tendremos que vivir y, sobre todo, quién pretende definir cómo lo percibiremos.

Hemos aprendido a reconocer las guerras cuando se manifiestan con tanques, misiles, bombardeos o cambios en las fronteras. Hemos aprendido a identificar las dinámicas de poder cuando enfrentan a ejércitos, estados o alianzas. También hemos comenzado a comprender que, tras los conflictos militares, subyacen principalmente intereses económicos, energéticos, financieros y estratégicos.

Pero existe una guerra más discreta. Una guerra que no necesariamente requiere soldados. Una guerra que no necesariamente destruye edificios. Una guerra que puede librarse sin declaración oficial. Una guerra cuya materia prima es la información y cuyo campo de batalla es la mente humana. Porque controlar un territorio es una cosa; controlar la representación mental que sus habitantes tienen del mundo es algo muy distinto.

¿Qué valor tiene una población soberana si ya no puede distinguir la información de la propaganda? ¿Qué valor tiene una democracia si los ciudadanos ya no saben quién selecciona la información a la que están expuestos? ¿Qué valor tiene la libertad de pensamiento cuando los algoritmos determinan progresivamente qué merece ser visto, compartido, recomendado u olvidado? Y, sobre todo, ¿qué sucede con la soberanía cuando las infraestructuras que organizan nuestro acceso a la realidad pertenecen a unas pocas plataformas privadas, a unos pocos estados o a unos pocos grupos tecnológicos capaces de procesar, filtrar y dirigir enormes cantidades de datos?

Hemos entrado en una era donde el poder ya no consiste únicamente en poseer tierras, fábricas, bancos o recursos naturales. Ahora también consiste en poseer las redes por las que fluye la información. En poseer los datos. En controlar la infraestructura digital. En controlar los sistemas de pago. En desarrollar inteligencia artificial. En definir estándares tecnológicos. En monitorear los flujos. En influir en las narrativas. Y en moldear las percepciones. Y quizás, mañana, en determinar qué puede comprar, vender, publicar, acceder, financiar o incluso simplemente tener derecho a pensar públicamente.

Por eso, la batalla que se libra actualmente en torno a los BRICS, el dólar, el poderío chino, la estrategia estadounidense, la inteligencia artificial, las monedas digitales, los datos y la infraestructura tecnológica va mucho más allá de las disputas geopolíticas que vemos a diario en nuestras pantallas. Y todos estos acontecimientos están interconectados. Forman parte de una transformación mucho más amplia en la redefinición de los centros de poder del siglo XXI.

El final predicho

El mundo occidental intenta preservar a toda costa una arquitectura internacional construida después de 1945 y reforzada profundamente tras la caída de la Unión Soviética. Al mismo tiempo, China, Rusia, India, las potencias emergentes y los países agrupados en torno a los BRICS buscan construir —con sus propias contradicciones y ambiciones— alternativas económicas, comerciales, tecnológicas y financieras.

¿Estamos presenciando el nacimiento de un mundo multipolar… o simplemente la sustitución de una forma de dominación por otra? Sería ingenuo creer que todos aquellos que desafían el orden occidental son necesariamente defensores de la libertad. China persigue sus propios intereses. Rusia persigue los suyos. Estados Unidos también. Europa intenta mantener su posición. India busca expandir la suya. Las potencias del Golfo negocian con todos… En esta historia no hay buenos ni malos. Solo hay poderes, intereses, dependencias y dinámicas de poder. Precisamente por eso debemos mirar más allá de las narrativas fabricadas para que tomemos partido.

Mientras la gente se enzarza en discusiones en redes sociales sobre quién es "bueno" y quién es "malo", los verdaderos poderes negocian divisas, materias primas, infraestructuras, tecnologías, datos, rutas comerciales y sistemas de pago. Y mientras debatimos sobre el próximo escándalo mediático sin sentido, la arquitectura mundial está cambiando. Y es aquí donde Donald Trump y la nueva estrategia estadounidense se vuelven particularmente interesantes.

Porque detrás de las espectaculares declaraciones, las provocaciones diplomáticas y los conflictos políticos internos en Estados Unidos, podría estar surgiendo una cuestión mucho más seria para determinar si Estados Unidos sigue intentando administrar el antiguo orden mundial, o si ya se está preparando para adaptarse a un mundo en el que su dominio ya no puede considerarse un hecho.

La respuesta a esta pregunta nos llevará directamente a los BRICS, a la desdolarización, al fin del petrodólar, a las guerras comerciales, a las batallas industriales, a la inteligencia artificial y a la nueva competencia tecnológica. Pero, sobre todo, nos conducirá a la última frontera: la soberanía cognitiva.

Porque durante mucho tiempo consideramos que ser libre significaba poder votar, desplazarse, trabajar, poseer propiedades y expresarse. Mañana, ser libre podría significar algo aún más fundamental, como poder mantener el control sobre el propio juicio.

En un mundo donde la inteligencia artificial puede producir imágenes, vídeos, voces, textos y narraciones indistinguibles de la realidad; donde los algoritmos pueden identificar nuestros miedos, ira y preferencias; donde cada individuo puede estar expuesto a una realidad diferente a la de su vecino; donde las plataformas pueden cambiar la visibilidad de una idea en segundos; donde tanto los estados como las empresas tienen medios sin precedentes de vigilancia y análisis del comportamiento... ¿quién seguirá controlando nuestra percepción del mundo?

Quizás ahí reside la verdadera batalla del siglo XXI. No la que nos muestran, sino precisamente la que no nos muestran.

Entre bastidores

Imaginemos por un momento que las guerras que vemos en televisión fueran, en última instancia, solo las manifestaciones visibles de una confrontación mucho mayor: una confrontación por dinero, recursos, tecnología, infraestructura, información y, en definitiva, por la capacidad de las personas para determinar por sí mismas qué es verdad, qué es posible y qué tienen derecho a desear.

Así pues, la pregunta ya no sería simplemente ¿quién gobierna el mundo? ¿O siquiera quién es el dueño del mundo? Sino una pregunta infinitamente más inquietante: ¿quién define el mundo que vamos a creer que es real? Porque una vez que alguien tiene el poder de definir la realidad, es posible que ya no necesite ser dueño de todo lo demás.

Pero antes de abordar este nuevo orden mundial tecnocrático, debemos disipar otra ilusión: que una forma de propaganda simplemente reemplaza a otra. Los BRICS no son ni una hermandad de naciones virtuosas que han venido a salvar a la humanidad, ni un bloque perfectamente coordinado que se opone a un Occidente retratado como uniformemente malvado. Lo que está en juego es mucho más complejo e interesante, e implica una completa reconfiguración de la dinámica de poder y, por consiguiente, de las influencias futuras. Potencias que, hasta hace poco, aceptaban en gran medida las reglas definidas por el sistema occidental, ahora buscan controlar sus propias palancas financieras, comerciales, energéticas, tecnológicas y estratégicas. Esta evolución nos obliga a mirar más allá de la retórica y examinar los flujos comerciales reales: quién comercia con quién, en qué moneda, con qué infraestructura, según qué dependencias y, sobre todo, en beneficio de qué nuevo equilibrio de poder. Es en este contexto donde los BRICS se vuelven verdaderamente interesantes, no como el "campo del Bien", sino como un síntoma de un mundo que rechaza progresivamente un único centro de gravedad.

Los BRICS: ¿una alternativa o una nueva competencia de potencias?

El error, por lo tanto, sería transformar a los BRICS en un "eje de resistencia" perfectamente unido y virtuoso. China no es Rusia. India no es Irán. Brasil no es China. Cada potencia siempre persigue, ante todo, sus propios intereses. Pero su ascenso al poder plantea una cuestión histórica: ¿puede el mundo seguir organizándose en torno a un centro financiero y geopolítico puramente occidental?

Las nuevas rutas comerciales, ahora principalmente terrestres en lugar de marítimas, la infraestructura euroasiática, el comercio en monedas nacionales y los proyectos de cooperación entre países emergentes contribuyen significativamente a esta fragmentación progresiva e imparable del orden internacional impuesto por los globalistas tras la Segunda Guerra Mundial. El mundo podría, por lo tanto, evolucionar no hacia un nuevo imperio único decidido en Davos, sino hacia un sistema multipolar donde varios centros de poder compartan recursos, tecnologías, mercados y estándares. Y si bien esta transición es peligrosa, ya que los períodos de transición entre órdenes internacionales son históricamente de los más inestables, se vuelve necesaria dada la corrupción del sistema actual.

La estrategia estadounidense para 2025 supone un verdadero punto de inflexión, pero no el que afirman los medios de comunicación.

La Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América, publicada en noviembre de 2025, merece ser leída íntegramente en lugar de resumida por personas influyentes. El documento expone, entre otras cosas, su intención de reorientar la estrategia estadounidense hacia los intereses nacionales, la soberanía, la seguridad fronteriza, el poder económico y militar, y la capacidad de Estados Unidos para defender sus intereses por encima de todo. Asimismo, critica explícitamente varios aspectos de la política estadounidense posterior a la Guerra Fría y el fervor del Partido Demócrata por promover el «globalismo» económico, moral y político.

Esto no prueba la existencia de un plan secreto para provocar una guerra mundial en 2030 con el fin de lograr este objetivo, pero la evidencia es lo suficientemente clara como para considerarlo legítimamente. Incluso Washington reconoce oficialmente que el orden estratégico posterior a la Guerra Fría ya no funciona. El centro de gravedad se ha desplazado. China asciende inexorablemente a la vanguardia de las naciones del nuevo mundo. Rusia sigue siendo una gran potencia militar y ahora un poderoso contrapeso a la arrogancia occidental. Y desde Trump, Estados Unidos se ha centrado más en preservar su poder industrial y estratégico que en mantener su hegemonía, ya significativamente debilitada por Irán. Los tecnócratas europeos, por su parte, moldeados por la mentalidad totalitaria de los Jóvenes Líderes y perdidos en sus ideologías letales, buscan ahora un lugar en este mundo que se está construyendo sin ellos. Las potencias emergentes se muestran cada vez más reacias a depender exclusivamente de las estructuras occidentales. Pero el dólar sigue siendo muy poderoso, incluso cuando enfrenta crecientes desafíos. Esta es la verdadera batalla que debemos observar y comprender a través de los flujos financieros. Y no se trata de una batalla entre influencers, sino de una batalla por el nuevo orden mundial.

La trampa definitiva pretende transformar al oponente en un enemigo.

Es aquí donde la experiencia de la crisis sanitaria debería servir de lección. Durante la pandemia del COVID-19, la sociedad descubrió con qué rapidez una población puede dividirse en distintos bandos. Precisamente por eso, la democracia exige más debate, no menos.

Pero la maquinaria mediática a menudo ha producido lo contrario, y la complejidad ha sido reemplazada por la identificación del bando opuesto. La expresión «teórico de la conspiración» se ha convertido en una forma fácil de dar por terminada una discusión. Pero el error opuesto sería igual de peligroso: suponer que cualquiera etiquetado como «teórico de la conspiración» tiene necesariamente razón. Debemos escapar de esta trampa. La única disidencia verdadera es aquella que acepta estar equivocada; aquella que aún busca la verdad, la bondad y la belleza en este mundo agonizante.

Así pues, tras la soberanía territorial, la soberanía monetaria y la soberanía energética, llegará la soberanía digital. La identidad digital y las monedas digitales. La protección de los datos personales. Un mundo gestionado por inteligencia artificial, desde sistemas de pago hasta bases de datos administrativas, y desde clasificaciones algorítmicas hasta vigilancia automatizada. Pero antes incluso de preguntarnos quién controlará estas infraestructuras, debemos plantearnos una pregunta aún más inquietante: ¿qué estamos permitiendo que estas tecnologías le hagan a nuestros propios cerebros?

La verdadera batalla hoy en día es por la soberanía digital.

Porque la revolución digital no solo ha cambiado nuestra forma de comunicarnos, sino también nuestra manera de pensar. El smartphone es probablemente el ejemplo más común y poderoso. Llevamos en nuestros bolsillos un dispositivo capaz de responder instantáneamente a casi todas nuestras preguntas, guiarnos, entretenernos, recordarnos qué hacer, elegir qué ver e incluso pensar por nosotros. Ya no necesitamos buscar información, pues esperamos que nos llegue directamente. Ya no memorizamos ciertas cosas porque sabemos que están siempre disponibles. Ya no comparamos sistemáticamente las fuentes porque una respuesta instantánea nos da la ilusión de comprender. Y ahí es donde empieza el problema.

El verdadero conocimiento requiere esfuerzo. Comprender lleva tiempo. Dudar exige paciencia. Y requiere leer múltiples fuentes, comparar relatos, verificar cifras, contextualizar un evento y aceptar que no lo sabremos todo de inmediato antes de formarnos una opinión. Todo esto es lento, a veces arduo y a menudo frustrante. Los algoritmos, en cambio, son rápidos, fáciles y convenientes. Nos dan una respuesta, un video, un resumen, una opinión, una conclusión. Y cuanto más nos acostumbramos a esta facilidad, menos dispuestos estamos a hacer el esfuerzo necesario para comprender las cosas por nosotros mismos.

Esto no significa que la inteligencia humana disminuya automáticamente con el uso de la tecnología. Eso sería absurdo. Al contrario, la tecnología puede potenciar significativamente nuestras capacidades intelectuales cuando sigue siendo una herramienta que controlamos. El peligro surge cuando la herramienta deja de ayudarnos y comienza gradualmente a determinar qué buscamos, qué vemos, qué retenemos y, en última instancia, qué consideramos verdadero. Y esa es una diferencia fundamental.

Una cosa es usar la tecnología; otra muy distinta es depender de ella para pensar.

La inteligencia artificial, sin duda, intensificará esta disrupción si no la controlamos. Hasta ahora, internet nos permitía principalmente encontrar información. Los buscadores proporcionaban resultados, y aún teníamos que leerlos, compararlos e interpretarlos. Con la IA, ahora podemos solicitar directamente un resumen, una explicación, una conclusión o incluso una decisión. Por lo tanto, el riesgo ya no reside solo en recibir información falsa. El riesgo ya no reside simplemente en no buscar información en absoluto.

¿Para qué revisar diez documentos cuando la inteligencia artificial puede darte una respuesta en diez segundos? ¿Para qué leer un libro de cientos de páginas cuando un modelo puede resumir las ideas principales? ¿Para qué comparar varios análisis cuando tu asistente puede explicarte inmediatamente «lo que necesitas saber»? ¡Porque una respuesta no siempre es sinónimo de comprensión!

Y, sobre todo, porque un cerebro que delega sistemáticamente el esfuerzo acaba perdiendo el hábito de realizarlo. Y esta es quizás una de las grandes batallas cognitivas del siglo que está comenzando. No se trata de impedir que los seres humanos accedan a la inteligencia artificial, sino de evitar que se vuelvan intelectualmente dependientes de ella. Porque quien controla la herramienta que proporciona las respuestas tiene, potencialmente, una influencia considerable sobre aquellos que ya no buscan las respuestas por sí mismos.

Imagínese, entonces, lo que esto significa cuando la inteligencia artificial se combina con algoritmos de recomendación, redes sociales, motores de búsqueda, plataformas de vídeo y enormes bases de datos de comportamiento. Cada individuo puede quedar gradualmente atrapado en una realidad informativa personalizada. Dos personas pueden presenciar el mismo evento y recibir de inmediato dos selecciones diferentes de imágenes, comentarios, opiniones de expertos, estadísticas e interpretaciones. Pueden vivir en el mismo país, hablar el mismo idioma, tener acceso a la misma información básica y, sin embargo, construir dos representaciones del mundo casi incompatibles.

Uno verá una crisis, el otro un éxito. Uno verá una amenaza, el otro una liberación. Uno verá una guerra, el otro una operación defensiva. Uno verá una catástrofe económica, el otro una transición necesaria. Y cada uno tendrá suficientes "pruebas", seleccionadas por su entorno digital, para creer que tiene razón. Aquí es donde la manipulación cognitiva se vuelve verdaderamente alarmante.

El problema ya no radica simplemente en mentirle a la población. Ahora es posible construir un entorno informativo para cada individuo en el que ni siquiera es necesario imponer mentiras, puesto que se vuelven invisibles. El algoritmo no necesita indicar explícitamente qué pensar; simplemente determina lo que nunca verás. Este es otro matiz crucial que entra en juego actualmente con las empresas GAFAM.

La ilusión de comodidad

El control moderno ya no consiste en censurar información. Puede consistir en sepultarla bajo miles de datos hasta que sea prácticamente imposible encontrarla. También puede consistir en presentarte continuamente contenido que confirme tus creencias, hasta que termines confundiendo la frecuencia con la que aparece una idea con su veracidad. Así es como se forman las burbujas cognitivas.

Estas burbujas pueden volverse extremadamente poderosas porque dan a todos la impresión de vivir en el "mundo real". Pero el mundo digital que vemos nunca es exactamente el mundo real. Es solo una selección del mundo real. Y una selección hecha por sistemas cuyos criterios no siempre conocemos, cuyos parámetros no controlamos y cuyos intereses no son necesariamente los nuestros. Por eso, la cuestión de la soberanía digital no se limita a los datos personales o la infraestructura informática. Se trata de la soberanía de nuestra percepción.

Porque una población puede ser legalmente libre mientras está cognitivamente prisionera. Puede tener derecho a hablar sin saber a quién escuchar. Puede tener acceso a millones de fuentes sin poder distinguir las más fiables. Puede poseer más información que todas las generaciones anteriores sin comprender del todo los mecanismos fundamentales del mundo. Y quizás sea precisamente esta paradoja la que caracteriza nuestra era.

Nunca antes habíamos tenido tanta información. Nunca antes habíamos tenido tantas maneras de verificarla. Y, sin embargo, nunca antes había sido tan fácil vivir en una realidad completamente fabricada mediante la selección de información. Aquí es donde el papel de los medios de comunicación se vuelve crucial.

Porque un medio de comunicación no necesariamente controla a la población haciéndoles creer algo completamente inventado. Puede ejercer una influencia mucho más sutil y elegir a qué eventos prestamos atención, a qué expertos escuchamos, qué imágenes vemos, qué palabras usamos y qué temas consideramos importantes.

Lo que no se muestra, con el tiempo, parece inexistente. Lo que se repite, con el tiempo, parece obvio. Lo que presentan todos los medios, con el tiempo, parece indiscutible. Y lo que se presenta sistemáticamente como marginal, peligroso o ridículo, puede acabar desapareciendo del ámbito del pensamiento aceptable. Así es como una sociedad puede perder gradualmente el contacto con una parte de la realidad sin haber prohibido oficialmente nada.

Por lo tanto, el peligro no reside simplemente en una burda propaganda comparable a la de los regímenes totalitarios del siglo pasado. El peligro actual es a veces mucho más sofisticado, e implica multitud de filtros, algoritmos, recomendaciones, notificaciones, repeticiones y recompensas psicológicas que, poco a poco, dirigen la atención humana. Y la atención se ha convertido en un recurso estratégico.

¿Qué nos queda?

Quien controla nuestra atención controla una parte de nuestro tiempo. Quien controla nuestro tiempo controla una parte de nuestro comportamiento. Quien influye en nuestro comportamiento puede influir en nuestras compras, nuestras opiniones, nuestros votos, nuestros miedos y nuestra ira. Y quien logra ejercer una influencia duradera en nuestra percepción del mundo puede llegar a ostentar una forma de poder que no se parece en nada al poder político tradicional. Ya ni siquiera necesitan darnos órdenes. Simplemente necesitan hacer visibles ciertos pensamientos e invisibles otros. Aquí es donde la soberanía cognitiva se cruza con la soberanía política.

Porque la democracia se basa en un principio fundamental: que los ciudadanos deben poder formarse libremente sus juicios a partir de información suficientemente accesible y contradictoria. Si esta capacidad desaparece, puede que sigan existiendo las votaciones, las instituciones, las elecciones y los debates. Pero algo esencial se habrá deteriorado en la capacidad del ciudadano para determinar por sí mismo lo que considera verdadero. Y es precisamente por eso que la verdadera batalla del mañana quizás no sea entre humanos y máquinas.

Será aquella que enfrente al ser humano capaz de pensar con las máquinas con el ser humano que gradualmente les cederá la tarea de pensar por ellas. La tecnología puede liberarnos de una cantidad extraordinaria de tareas. La inteligencia artificial puede permitirnos aprender más rápido, comparar más fuentes, analizar volúmenes de datos imposibles de procesar individualmente y comprender mejor fenómenos complejos. Pero también puede convertirse en la muleta permanente de una sociedad que ya no quiere esforzarse por caminar.

Y cuando este apoyo pertenece a otra persona, el asunto se politiza de inmediato. Porque quien controla la infraestructura siempre termina ejerciendo poder sobre quienes dependen de ella. Y si esta infraestructura ahora controla no solo nuestras transacciones, nuestros movimientos y nuestras comunicaciones, sino también la información a partir de la cual construimos nuestra visión del mundo, entonces el poder que representa va mucho más allá del de una simple empresa tecnológica. Afecta a algo mucho más íntimo, a nuestra capacidad de pensar.

Y quizás sea aquí donde, en última instancia, reside la frontera final de la soberanía: ya no se trata solo de poseer el propio territorio, moneda o recursos, sino de seguir siendo dueño de la propia mente.

Quien quiera vivir en paz debe ser soberano.

Al final de estas tres publicaciones, emerge un patrón consistente. Primero exploramos quién ostenta el poder, luego cómo se financia, antes de llegar a la pregunta fundamental: ¿quién controla la realidad que percibimos? Porque el poder ya no reside únicamente en bancos, estados, recursos o infraestructura. Ahora también reside en datos, algoritmos, inteligencia artificial e información. Quien controle estas herramientas puede influir no solo en nuestro comportamiento, sino también, cada vez más, en nuestra comprensión del mundo. Y ahí radica la verdadera ruptura.

Las guerras visibles enfrentan a ejércitos y estados entre sí. Las guerras invisibles enfrentan sistemas de dependencia financiera, energética, tecnológica, informativa y, ahora, cognitiva, como ya hemos visto. Por lo tanto, el verdadero desafío del nuevo mundo no será simplemente qué potencia reemplazará a la antigua, sino si las personas aceptarán el cambio de una forma de dependencia a otra.

Porque ser soberano no significa simplemente poseer territorio, moneda o recursos. Significa también poder pensar, decidir, producir, comerciar y elegir sin depender por completo de un sistema que no controlamos. Por eso, la batalla final probablemente será la más importante de todas: la batalla por nuestra autonomía. Y eso es precisamente lo que analizaremos en la siguiente y última publicación. 

Phil BROQ.

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