Overblog Tous les blogs Top blogs Politique Tous les blogs Politique
Editer l'article Suivre ce blog Administration + Créer mon blog
MENU

Le blog de Contra información


11 de septiembre de 2001: «Supe de inmediato que aquello significaba la guerra»

Publié par Contra información sur 12 Septembre 2026, 10:53am

Millones de personas en todo el mundo protestaron contra los planes de guerra de USA contra Irak. Los Ángeles, 15 de marzo de 2003.

Millones de personas en todo el mundo protestaron contra los planes de guerra de USA contra Irak. Los Ángeles, 15 de marzo de 2003.

Hace veinticinco años, en la mañana del 11 de septiembre de 2001, yo acababa de terminar de corregir un artículo cuando respondí a una llamada en el teléfono de mi apartamento: era Fred Goldstein, mi camarada del Workers World Party (WWP). Al oír mi «hola», me respondió: «Tú trabajas en el World Trade Center, ¿verdad? Todavía estás en casa. Menos mal».

«Sí, ¿por qué? ¿Alguien lo ha volado?», respondí, porque alguien ya había puesto una bomba en la Torre 1 del WTC en 1993. Cuando mi empresa se mudó allí en 1998, ni siquiera la vista panorámica del puerto de Nueva York desde la cafetería del piso 78 me consolaba demasiado.

Repitiendo la noticia, Goldstein me dijo que un avión comercial se había estrellado contra la Torre 1. Maldita sea, pensé.

Era un hermoso martes de comienzos de septiembre, despejado. En lugar de salir temprano para caminar los casi cinco kilómetros a lo largo del río Hudson hasta la oficina, me había quedado en casa para terminar mi trabajo de corrección. Era subdirector de redacción de Workers World (periódico del WWP) desde 1982. Como me había quedado en la oficina de seguros hasta las 9 de la noche del lunes esperando a que pasara una tormenta, pensé que bien me debían unas horas.

Nuestro departamento estaba en el piso 31. La hora oficial de entrada era las 8:45 de la mañana, así que oficialmente debería haber estado allí cuando el avión de pasajeros impactó contra el piso 96 de la Torre 1 a las 8:46.

Nadie contestó en la oficina

Llamé a mi supervisora para preguntarle si debía acudir, pero ni ella ni nadie más contestó. Empecé a llamar a mi madre, a mi hermano, a mi hijo y a mi hermana para asegurarles que estaba en casa, a salvo. Nunca conseguí localizar a mi esposa en el hospital ni a mi hija en la escuela donde daba clases. Las noticias de la radio informaron entonces de que un segundo avión se había estrellado contra la Torre 2 y un tercero contra el Pentágono. Más tarde, un cuarto avión se estrelló en un campo rural de Pensilvania. ¡Mierda!

Inmediatamente comprendí que aquello no era un accidente y que la administración de George W. Bush iba a explotar los atentados como pretexto para ir a la guerra. Es el pensamiento inevitable tras treinta y ocho años de militancia en un partido marxista, y un pensamiento sobre el que había que actuar.

Llamé a nuestra redactora jefe, Deirdre Griswold, y le dije que teníamos que convocar una reunión para cambiar el contenido del próximo número y decidir qué hacer a continuación. Ella estuvo de acuerdo.

Caminando hacia el este por la calle 25 para ir a esa reunión, poco antes de las 10 de la mañana, al acercarme a la Octava Avenida, oí un gemido colectivo procedente de la interminable fila de trabajadores del sur de Manhattan que subía hacia el norte. La Torre 2, la torre sur, se había derrumbado.

Según los informes oficiales, unas 3.000 personas murieron en los atentados ese día. Entre ellas, unos 265 pasajeros de los cuatro aviones, así como 350 bomberos y entre 60 y 70 policías presentes en las dos torres del WTC cuando se derrumbaron. También 125 personas en el Pentágono, y unas 800 más dentro o alrededor de la Torre 2, y 1.600 dentro o alrededor de la Torre 1. La mayoría de las muertes en el WTC se produjeron entre las personas que estaban en los pisos situados por encima de aquellos donde impactaron los aviones.

A modo de comparación, durante la primavera de 1999 las bombas y los misiles usamericanos alcanzaron cientos de objetivos civiles en la antigua Yugoslavia, golpeando escuelas, hospitales, puentes y una pequeña ciudad al este de Belgrado, Pancevo, centro de la industria química serbia. Antes, en Corea y Vietnam, o después, en Irak, las bombas usamericanas habían matado a millones de civiles.

Para la población de USA, sin embargo, un ataque venido «del extranjero» fue un puñetazo en el estómago. Las víctimas del 11-S le dieron a la administración Bush la oportunidad de emprender una guerra de agresión con un apoyo popular inicial. La retransmisión televisiva incesante del derrumbe de las torres propagó el trauma por todo el país.

La compañía de seguros nos siguió pagando durante unas semanas mientras la dirección buscaba una oficina desde la que trabajar. Yo seguí corrigiendo textos y organizando. Nos ofrecieron un espacio en Newark, Nueva Jersey, y retomé el trabajo en octubre, en medio de una crisis a la vez personal y política.

Trauma en la oficina

Unas 1.800 personas trabajaban en la compañía de seguros médicos. De ellas, aproximadamente la mitad ya había llegado a la oficina cuando ocurrió. Trece murieron, y de ellas solo conocía por nombre a una. Tenía que enviarle datos cada tres meses.

Tres de mis colegas que estaban trabajando esa mañana tuvieron que huir bajando 31 pisos por escaleras llenas de humo, con el rostro cubierto por pañuelos de seda.

Uno de mis colegas más cercanos estaba fuera, mirando el incendio de la Torre 1, cuando el segundo avión impactó contra la Torre 2. A su lado había una mujer que fue golpeada y muerta por una rueda que cayó del avión. Él tuvo que saltar por encima de su cuerpo para escapar. El recuerdo le resultó demasiado pesado, y renunció poco después de que retomáramos el trabajo.

Otro compañero, de quien más tarde supe que estaba trabajando en un proyecto para reemplazarme, enfermó y nunca volvió. La dirección despidió a dos secretarias del departamento, cuyas principales tareas habían sido sustituidas por procesadores de texto. También aquí los jefes supieron usar el desastre como pretexto. La lucha de clases continuó.

A pesar de estos despidos, alguien de la dirección me dijo que el procedimiento estándar tras un desastre es reconstruir todo tal como estaba antes, no pasar a algo sin probar. Para mí eso significaba reprogramar la aplicación de la que yo era responsable para que pudiera funcionar con líneas telefónicas de mala calidad, dondequiera que termináramos.

También aprendí que, al hablar con personas que han vivido una experiencia horrible, uno puede contraer una especie de trauma inducido. Y como mis compañeros necesitaban que yo terminara mi parte del trabajo antes de poder volver a su rutina diaria normal —que de verdad deseaban recuperar—, me puse a trabajar duro.

Salvo el gran jefe de nuestro departamento, yo era el primero en llegar a la oficina por la mañana y el último en irse, seis días a la semana, durante cada una de las diez semanas que fuimos huéspedes en Newark. Mientras tanto, la dirección buscaba una sede en Nueva York. El ambiente de trabajo volvió a la normalidad, salvo cuando un avión se estrelló en Rockaway y volvió a traumatizar a la oficina, y una vez cuando un estampido sónico rompió una ventana en el pasillo.

Guerra imperialista

Todo cambió políticamente después del 11 de septiembre de 2001. Y cambió exactamente como habíamos anticipado en Workers World.

El vicepresidente Dick Cheney se apoderó del búnker de la Casa Blanca y empezó a tramar las próximas guerras antes de que Bush hijo pudiera siquiera bajar del Air Force One. Sus colaboradores fueron el gurú neoconservador y subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz, y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, promotor del «shock and awe» —es decir, del uso de un ataque devastador de misiles y bombas para aturdir a la población y al ejército de Irak hasta forzar su rendición.

Planearon y ordenaron las invasiones de Afganistán el 7 de octubre de 2001, y de Irak en marzo de 2003. Como el régimen MAGA de hoy, la banda de Bush obtuvo beneficios personales de sus guerras, aunque lo hizo con más discreción. Les preocupaba más disfrazar esas guerras dándoles un propósito superior: la lucha contra el «terror». Miembros del gabinete de Bush, como el secretario del Tesoro Paul O’Neill y el asesor jefe de la Casa Blanca en materia de terrorismo Richard Clarke, han escrito libros que revelan estas maquinaciones.

En los preparativos de la invasión de Irak, Bush y el secretario de Estado Colin Powell mintieron al público cientos de veces sobre las falsas «armas de destrucción masiva». Todo esto está documentado.

La camarilla de Cheney intentaba reconquistar aquellas partes del mundo que habían ganado al menos cierta independencia en la época en que la mera existencia de la Unión Soviética reforzaba la posición de las antiguas colonias. En 2001, la URSS había desaparecido, Rusia era débil y China aún no se había convertido en una rival económica de rápido ascenso frente a USA.

Los poderes dominantes dentro de USA y sus medios de comunicación respaldaron los planes de guerra al cien por cien, y muy pocas voces dentro de la administración Bush o entre los cargos electos se pronunciaron en contra. La clase dominante era unánimemente favorable a la guerra.

Estambul, 15 de marzo de 2003.

El sentimiento antibélico de masas se mantuvo firme

A pesar de la fiebre bélica tras el 11-S, en aquel momento seguía siendo posible movilizar a la gente contra la guerra. Fueron las personas de la izquierda, el ala antiimperialista del movimiento progresista, junto con pacifistas y personas vinculadas a iglesias progresistas, quienes se reunieron para protestar en septiembre y octubre de 2001.

Hubo vigilias nocturnas en Nueva York. Incluso familiares de víctimas del 11-S protestaron contra el uso que el gobierno hacía de esas víctimas para justificar la guerra. Una de esas familiares era la hermana de una persona, en la empresa donde yo trabajaba, que no había podido caminar para escapar.

A finales de septiembre tuvo lugar un acontecimiento importante para el WWP y para el movimiento antibélico. Se había planeado una manifestación en Washington D. C., organizada por una amplia coalición para oponerse a los aspectos reaccionarios de la globalización. Algunos de los grupos de la coalición, principalmente los socialdemócratas orientados hacia el reformismo y el trabajo con sectores del Partido Demócrata, se retiraron de la manifestación de Washington tras los atentados del 11-S y las amenazas del régimen.

Los grupos con los que trabajaba el WWP, como el International Action Center, recogieron el reto y siguieron adelante con la manifestación. El 29 de septiembre, unas 7.000 personas dijeron no a la guerra contra Afganistán y se opusieron a que se usaran los atentados del 11-S como pretexto para la militarización del país y para aprobar todo tipo de medidas «antiterroristas».

Contrariamente a lo que algunos esperaban, seguía siendo posible manifestarse en la calle si se estaba dispuesto a asumir el riesgo del aislamiento político. Estas condiciones ofrecieron a los grupos antiimperialistas más decididos —como el International Action Center y la nueva coalición que llamamos International ANSWER (Act Now to Stop War and End Racism)— un espacio para orientar a quienes se preguntaban seriamente: «¿Qué hizo USA para convertirse en el blanco?».

Gracias a la audacia del WWP aquel septiembre y a la experiencia organizativa de los militantes del partido, durante más de dos años una organización de orientación antiimperialista e internacionalista desempeñó un papel organizativo destacado en las acciones antibélicas de masas en USA.

En los dieciséis meses siguientes, mientras se preparaba la invasión de Irak de marzo de 2003, el movimiento antibélico alcanzó su punto más fuerte en número de participantes. Los grupos más socialdemócratas y pacifistas también se movilizaron, y en todo el mundo hasta 10 millones de personas participaron en manifestaciones en enero y febrero de 2003, en los siete continentes, incluida una protesta entre los científicos de la Antártida.

El imperialismo estadounidense desató la guerra de todos modos. Causó un sufrimiento enorme a Irak —aunque USA no logró conquistar completamente el país— y a Afganistán, de donde el ejército usamericano se retiró en 2021.

En eso pensaré, junto con aquella mujer que no pudo caminar para escapar, en este 25.º aniversario del 11-S: en cómo impedir la próxima guerra, y hacerlo mejor.

John Catalinotto

Workers World

faustotounsi

Pour être informé des derniers articles, inscrivez vous :
Commenter cet article

Archives

Nous sommes sociaux !

Articles récents