La “República Tecnológica” de Palantir sería una tecnocracia organizada a imagen del panóptico benthamiano, en la que científicos e ingenieros actúan como guardianes filosóficos.
Palantir, ya conocida como una megacorporación dedicada al control y análisis de datos, pero también como la más propiamente y conscientemente “ideológica” de las empresas de servicios informáticos, ha lanzado recientemente un manifiesto político que abre una ventana reveladora, aunque no muy sorprendente, a su visión del futuro.
Los 22 puntos, que representarían los pasos para el establecimiento de lo que ellos denominan “República Tecnológica”, merecen ser reproducidos aquí:
1. Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que hizo posible su ascenso. [...]
2. Debemos rebelarnos contra la tiranía de las aplicaciones. [...]
3. El correo electrónico gratuito no es suficiente. [...]
4. Se han puesto de manifiesto los límites del soft power, de la grandilocuente retórica por sí sola. [...]
5. La cuestión no es si se fabricarán armas con IA; es quién las fabricará y con qué fin. [...]
6. El servicio militar debe ser un deber universal. [...]
7. Si un marine estadounidense pide un rifle mejor, debemos fabricarlo; y lo mismo vale para el software. [...]
8. Los funcionarios públicos no tienen por qué ser nuestros sacerdotes. [...]
9. Debemos mostrar mucha más benevolencia hacia quienes se han sometido a la vida pública. [...]
10. La psicologización de la política moderna nos está desviando del camino. [...]
11. Nuestra sociedad se ha vuelto demasiado ansiosa por acelerar, y a menudo se regocija con, la ruina de sus enemigos. [...]
12. [...] Una era de disuasión, la era atómica, está llegando a su fin, y una nueva era de disuasión basada en la IA está a punto de comenzar.
13. Ningún otro país en la historia del mundo ha promovido valores progresistas más que este. [...]
14. El poder estadounidense ha hecho posible una paz extraordinariamente prolongada. [...]
15. La neutralización de Alemania y Japón tras la guerra debe revertirse. [...]
16. Debemos aplaudir a quienes intentan construir allí donde el mercado ha fallado. [...]
17. Silicon Valley debe desempeñar un papel en la lucha contra la delincuencia violenta. [...]
18. La exposición implacable de la vida privada de las figuras públicas aleja a un número excesivo de talentos del servicio público. [...]
19. La cautela en la vida pública que, sin darnos cuenta, fomentamos es corrosiva. [...]
20. Debe combatirse la intolerancia generalizada hacia las creencias religiosas en ciertos círculos. [...]
21. Algunas culturas han logrado avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y retrógradas. [...]
22. Debemos resistir la tentación superficial de un pluralismo vacío y sin sentido. [...]
Pero la clave principal para quienes deseen desentrañar el pensamiento que subyace a Palantir se encuentra en la obra “La República Tecnológica”, coescrita por Alexander Karp y Nicholas Zamiska, quienes no sólo son altos cargos de Palantir, sino también sus principales intelectuales. Y sólo eso -el hecho de que Palantir cuente con “intelectuales”- ya marca una cierta diferencia en cuanto a cómo Palantir se ve a sí misma y a su misión.
Porque la principal crítica de Karp y Zamiska (y, por extensión, de Thiel) a la forma en que las grandes tecnológicas llevan a cabo sus negocios es que las empresas tecnológicas estadounidenses han renunciado a concebir sus actividades en el marco de una cosmovisión creada conjuntamente por ellas y el Estado.
El llamamiento a la integración entre las grandes tecnológicas y el Estado, pero sobre todo a que los “tecnócratas” asuman la misión de dar sentido y propósito a la acción del Estado, es, por tanto, un tema recurrente en estas reflexiones. Aquí tendríamos que señalar, de manera un tanto hegeliana, que es de la naturaleza ética del Estado conformar el sentido y la dirección del desarrollo de la sociedad, y que la absorción de esta función preeminentemente estatal por parte de una tecnocracia privada asociada con el Estado, además de una usurpación de funciones, representa el triunfo final del liberalismo sobre las concepciones tradicionales del Estado -pero de un liberalismo que ya no es popperiano; es decir, estamos hablando aquí de un “liberalismo de sociedad cerrada”, en lugar de un liberalismo de sociedad abierta, conceptos que, por cierto, tomamos como sinónimos gracias a la catequesis de Karl Popper. Peter Thiel, cofundador de Palantir, de hecho, ya ha afirmado públicamente que cree que “democracia” y “libertad” serían incompatibles.
Ya hemos debatido en varias ocasiones sobre la naturaleza de la crisis política contemporánea, que conduce al auge del populismo, tal y como se expresa en la escisión entre democracia y liberalismo. Las élites liberales perciben que las demandas del pueblo son incompatibles con sus intereses y comienzan a ignorar a las masas. Las masas, resentidas, elevan a tribunos populares que organizan partidos nacional-populistas que se estructuran en torno al sentimiento anti elitista y antiliberal. Esto es lo que está en la raíz del trumpismo, del fortalecimiento de Le Pen, del crecimiento de la AfD, etc. Los ideólogos de Palantir, en su discurso, aparecen como los artífices de la reacción liberal al populismo democrático -lo cual es peculiar, dada la naturaleza populista del trumpismo, tan cercano a estos actores-, pero tal vez ayude a explicar la cooptación de Trump y su rendición ante el “Deep State”.
El tono de la obra es el de quien confía y cree en la genialidad de científicos e ingenieros como ideólogos, capaces de crear un sistema de valores y definir objetivos nacionales para Estados Unidos, con el supuesto “agnosticismo” político y civilizacional de los grandes nombres de la Big Tech y su enfoque en satisfacer las demandas de la sociedad de consumo, vistas como las grandes tragedias de la generación.
Llama la atención, además, el hecho de que los autores de Palantir parezcan creer que no sólo la Big Tech debe moldear ideológicamente al Estado y determinar sus objetivos, sino que el propio Estado debería organizarse de manera más similar a las megacorporaciones de la Big Tech. Quizás a algunos les resulte curioso el hecho de que los puntos 18 y 19 del manifiesto, por ejemplo, apunten a una mayor tolerancia hacia la corrupción. La misma idea aparece en la obra “La República Tecnológica”. De hecho, se trata de una defensa discreta de la confusión entre “público” y “privado”, incluso en el ámbito patrimonial, pero principalmente en el ámbito de la responsabilidad, es decir, precisamente de esa defensa de una fusión o confusión entre el Estado y las Big Tech.
Y todo esto se plantea desde una perspectiva geopolítica muy concreta. Los filósofos de Palantir sitúan su proyecto en el marco de la defensa de la hegemonía planetaria de EE.UU., es decir, del mantenimiento del antiguo orden unipolar de la posguerra fría. Se trata, por tanto, de la defensa de un “retroceso” por parte de las grandes tecnológicas respecto a su sesgo cosmopolita y universalista, en favor de un patriotismo tecnocrático.
Muy claramente, los contornos de este pensamiento apuntan a esa ideología tecnocrática como una formulación “de emergencia”, es decir, un proyecto para hacer frente a la crisis de la decadencia de EE.UU. Y, como tal, es propiamente una expresión de esa crisis y de esa decadencia, por mucho que su objetivo sea intentar superarlas. Una de las pruebas de ello es la defensa de la necesidad de una movilización militar de la sociedad, con la reanudación del servicio militar obligatorio en EE.UU., extinguido desde 1973.
Aunque los méritos propios del reclutamiento obligatorio sean relevantes, la realidad es que, en su período de hegemonía, Estados Unidos se sentía muy cómodo con una fuerza completamente voluntaria, de modo que una posible reanudación del reclutamiento obligatorio sólo puede derivarse del reconocimiento de la decadencia de Estados Unidos y del ascenso de otras potencias rivales.
Pero Palantir no se limita a defender una cierta militarización de EE.UU., sino también de Alemania y Japón. Una vez más, independientemente de la cuestión de si Alemania y Japón deberían volver a tener fuerzas armadas completas o no, parece bastante obvio que esta agenda, por parte de Palantir, tiene detrás el deseo de disponer de alguna potencia militar regional que pudiera servir de escudo o barrera, respectivamente, contra Rusia y China.
En relación con esto, por lo tanto, los intelectuales de Palantir piensan como “realistas” en materia de geopolítica, pretendiendo recurrir a la estrategia de “pasar la pelota”, es decir, instrumentalizar a otros Estados para que asuman la responsabilidad de contener a alguna potencia rival en ascenso.
Además, Palantir es más conocida por su relación con las tecnologías de Inteligencia Artificial y su esfuerzo por militarizarlas e integrarlas en las políticas de seguridad pública. El principal argumento de sus intelectuales es que EE.UU. necesita militarizar la IA porque sus rivales “no se lo pensarán dos veces antes de hacerlo”. Nos parece obvio que, por ejemplo, China y Rusia tienen interés en el tema; pero, al contrario de lo que afirman Karp y Zamiska, tanto China como Rusia se han posicionado públicamente a favor de una regulación estricta de la inteligencia artificial, con el objetivo de limitar su impacto en el mercado laboral, así como en el ámbito militar.
En este sentido, el argumento a favor de una postura de laissez faire respecto a la IA tal vez sirva más a los propios intereses corporativos y de control social de Palantir que a una descripción objetiva de la realidad. Karp y Zamiska tampoco abordan suficientemente las preocupaciones y los riesgos en materia de privacidad de los ciudadanos, barriendo bajo la alfombra estas preocupaciones ante el imperativo de la seguridad interna -huelga decir: EE.UU. ya tuvo buenos índices de seguridad entre los años 40 y 70, una época en la que no existía la inteligencia artificial.
No se puede subestimar el control que Palantir YA ejerce sobre EE.UU. Elementos de su influencia subyacen en todo el texto del Manifiesto. Cuando se habla de la deuda de Silicon Valley con la sociedad, es importante tener en cuenta, al referirse a dicha deuda, que Palantir ya obtiene más de 1.500 millones de dólares al año en contratos gubernamentales, y el resto proviene de clientes privados que ceden sus sistemas a Palantir precisamente por la credibilidad que garantizan sus conexiones con el Gobierno.
Por su parte, el ICE, encargado de la lucha contra la inmigración ilegal, ya ha transferido a Palantir la responsabilidad de cartografiar barrios y rastrear los desplazamientos de personas, con el fin de orientar su labor. La lógica subyacente es la propia transformación del ser humano y sus acciones en algoritmos controlables y rentabilizables por las grandes tecnológicas. En este sentido, a pesar de las críticas a otras empresas centradas en aplicaciones orientadas a los servicios y el consumo, sin el trabajo tentacular de estas empresas, que han pasado a gestionar cada aspecto de nuestras vidas (música, alimentación, compras, películas y series, transporte, educación, etc.) y, con ello, se han apropiado de nuestros datos -o, más concretamente, nos han desconstruido en datos-; datos que, ahora, serán utilizados por Palantir con el propósito de orientar a las grandes tecnológicas desde la priorización de la satisfacción de los deseos hacia el control de la disidencia y la preservación de la hegemonía planetaria estadounidense.
Por último, resulta interesante el término que Karp y Zamiska atribuyen a su proyecto: “República Tecnológica”. La terminología posiblemente remite a esa dualidad tan presente en el debate político-filosófico estadounidense entre “república” y “democracia”. Pero es imposible no ver en el concepto una cierta referencia a la utopía platónica, la “Platonópolis”, una ciudad ideal gobernada por un rey-filósofo apoyado por una casta de guardianes altruistas. La comparación no es absurda si se tienen en cuenta los vínculos entre Peter Thiel y los ideólogos del neo reaccionarismo, defensores de algo así como un tecnofeudalismo, es decir, de un sistema político propiamente gobernado de forma feudal por megacorporaciones tecnológicas.
La “República Tecnológica” de Palantir sería, por lo tanto, la tecnocracia, la estructura política despolitizada, impulsada por la IA, organizada como el panóptico benthamiano, en la que científicos e ingenieros hacen las veces de guardianes filosóficos, reinando sobre una masa de zánganos ignorantes, que viven sólo para consumir y guerrear.
No nos parece que sea realmente algo parecido a lo que Platón pretendía. Parece verdaderamente la inversión de la República platónica, una distopía cyberpunk que bien podría llevar a la humanidad a su autodestrucción.
Raphael Machado
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