A la izquierda, las ruinas del "Presido Modelio" en Cuba, cuya arquitectura recuerda al Panóptico de Bentham. A la derecha, una fotografía de Lucius Fox (Morgan Freeman) en una sala de videovigilancia (de la película El Caballero Oscuro)
Del Gran Hermano a la sociedad de algoritmos
El manifiesto de Alex Karp y Palantir no es solo una declaración ideológica sobre la tecnología, Occidente y la guerra que se avecina. Es algo más profundo y perturbador: es la señal de un cambio histórico en la relación entre poder, vigilancia y sociedad. Ya no nos enfrentamos a la vieja imagen autoritaria del Estado que controla a los ciudadanos desde arriba con la fuerza visible de la policía, el ejército o la censura. Nos enfrentamos a una forma más refinada, más silenciosa, más aceptable y, precisamente por esta razón, más peligrosa: el poder que observa, recoge, conecta, interpreta, predice y orienta.
La imagen inmediata es la de George Orwell: Gran Hermano, vigilancia permanente, guerra continua, lenguaje transformado en instrumento de dominación, la libertad vaciada incluso mientras se proclama. Pero limitarse a Orwell podría resultar insuficiente. Para comprender realmente la dimensión distópica del manifiesto de Palantir, También debemos recurrir a Michel Foucault porque el núcleo del problema no es solo el Estado que mira al ciudadano. Es el ciudadano quien acaba viviendo dentro de una red de clasificaciones, evaluaciones, perfiles, riesgos, previsiones y controles que ya no necesitan mostrarse como represión.
Orwell nos ayuda a ver el rostro autoritario del poder. Foucault nos ayuda a ver algo más sutil: el poder que produce el comportamiento, normaliza el comportamiento, disciplina los cuerpos, organiza espacios, define qué es desviado y qué es aceptable. El manifiesto de Palantir se sitúa exactamente en este punto: donde la seguridad se convierte en conocimiento, el conocimiento en poder y el poder en infraestructura tecnológica
La vigilancia no como una excepción, sino como un entorno
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En el mundo que imaginó Karp, la tecnología ya no es una herramienta neutral. No se utiliza simplemente para comunicarse mejor, tratar mejor, administrar mejor o luchar mejor. Se convierte en la propia arquitectura de la vida colectiva. Datos de salud, datos fiscales, datos militares, datos financieros, datos de migración, datos judiciales, datos sociales: todo puede recopilarse, cruzarse y hacerse legible.
Esta es la transformación decisiva. La vigilancia ya no es un acto extraordinario realizado en situaciones excepcionales. Se convierte en un entorno. Ya no es solo la cámara apuntando a un individuo sospechoso. Es la construcción de un mundo en el que cada individuo puede ser analizado incluso antes de haber hecho algo. Ya no es solo el crimen lo que se controla. El riesgo está controlado. Ya no intervenimos solo en el hecho que ha ocurrido. Interviene ante la posibilidad de que ocurra algo.
Aquí, el salto es enorme. El estado moderno tradicional castigaba tras la violación de la ley.. El estado algorítmico tiende a ocupar el primer lugar. Anticipar, calcular, ordenar, informar. El ciudadano ya no es solo un sujeto de derechos y deberes. Se convierte en un conjunto de datos a procesar, una probabilidad a medir, una conducta a predecir.
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Foucault había estudiado la transición de sociedades de castigo espectacular a sociedades disciplinares. El poder moderno, según su análisis, ya no necesita solo golpear el cuerpo con la violencia visible de la tortura. Prefiere organizar la vida, regular el comportamiento, vigilar los espacios, entrenar a las personas, hacerlas útiles, dóciles y productivas. La prisión, la escuela, los barracones, el hospital, la fábrica: todas estas instituciones producen asignaturas disciplinadas.
Hoy esa lógica no desaparece. Está digitalizada.
El Panóptico en la era de la inteligencia artificial
El concepto de Foucault más útil para leer Palantir es el de Panóptico. Foucault adoptó el modelo de prisión imaginado por Jeremy Bentham: una estructura en la que un guardia situado en el centro puede observar a todos los presos, mientras que estos nunca saben si están siendo observados o no en ese momento. La consecuencia es decisiva: el preso interioriza la vigilancia. Acaba actuando como si siempre le estuvieran observando.
El poder perfecto no es el que tiene que intervenir continuamente. Es lo que induce al individuo a controlarse a sí mismo.
En el mundo digital, el Panóptico ya no necesita la torre central. La torre se ha convertido en una red. No hay un solo ojo visible, sino una multiplicidad de sistemas: plataformas, bases de datos, sensores, algoritmos, sistemas predictivos, interfaces de comando, archivos públicos y privados. El ciudadano no ve al capataz. A menudo ni siquiera sabe cuándo, cómo ni quién está siendo observado. Pero sabe, o intuye, que aún quedan muchos rastros de él en algún lugar.
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Panopticism: Presidio Modelo
La diferencia con el Panóptico clásico es aún más radical. Bentham imaginó una prisión. Foucault demostró que ese modelo se había extendido a la sociedad disciplinaria. Hoy en día, el Panóptico digital no se trata solo de prisioneros, estudiantes, soldados, enfermos o trabajadores. Concierne a todos. Su espacio ya no está cerrado. Está muy extendido. No tiene muros. Está integrado en la infraestructura de la vida cotidiana.
Aquí es donde Palantir se convierte en un símbolo poderoso. No porque sea la única empresa que avanza en esta dirección, sino porque representa casi a la perfección la unión entre tecnología, aparato público, defensa, inteligencia, administración y control. El manifiesto de Karp no pide que la tecnología permanezca al servicio del ciudadano. Exige que la tecnología se convierta en una parte integral del poder estatal y occidental.
De la disciplina a la previsión
La vigilancia clásica quería ver. La vigilancia algorítmica quiere predecir. Esta es la gran mutación.
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Ilustración de un palantir
En el modelo disciplinario descrito por Foucault, el poder observa para corregir. Mide para normalizar. Clasifica para intervenir. En el modelo algorítmico contemporáneo, el poder observa también para anticipar. Ya no le basta con saber quién has sido. Quiere saber en quién podrías llegar a ser. No le basta con reconstruir lo que has hecho. Quiere estimar lo que podrías hacer.
Aplicada a la seguridad, esta lógica produce un universo inquietante. La sospecha ya no surge necesariamente de un acto concreto, sino de un perfil de riesgo. Un movimiento, una relación, una transacción, una investigación, un viaje, una comunicación, una frecuentación pueden convertirse en fragmentos de un marco interpretativo. El individuo se coloca en una cuadrícula de probabilidad.
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El problema es que la probabilidad, cuando entra en el aparato de seguridad, tiende a convertirse en sesgo operativo. Un sistema señala. Un cheque oficial. Un algoritmo asocia. Un archivo lo confirma. Se toma una decisión. Y el ciudadano, a menudo, ni siquiera sabe qué cadena de razonamiento automático ha producido esa consecuencia.
Esta es una de las formas más insidiosas del poder contemporáneo: no por la prohibición explícita, sino por la clasificación invisible. No la represión gritada, sino la banda sonora silenciosa. No se trata de censura directa, sino de acceso denegado, mayor control, práctica bloqueada, puesto señalado, la persona transformada en un caso.
La guerra como laboratorio de la sociedad
El manifiesto de Palantir insiste mucho en la guerra, en la defensa de Occidente, en la necesidad de construir tecnologías militares avanzadas, en la inteligencia artificial como herramienta decisiva de competencia estratégica. Pero el punto más delicado es que las tecnologías nacidas para la guerra rara vez se limitan a la guerra.
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Novela distópica que desenmascara la tiranía algorítmica
La historia moderna lo demuestra. Las herramientas desarrolladas para necesidades militares, de inteligencia o de emergencia pasan luego a la gestión civil. Lo que nace para el campo de batalla puede llegar a la frontera, la policía, la sanidad, la fiscalidad, las escuelas, la administración pública, la gestión urbana. La frontera entre seguridad externa e interna se está reduciendo. El ciudadano recibe lógicas cada vez más cercanas a las de la operación militar: identificar, mapear, predecir, neutralizar, optimizar.
Es una transformación cultural incluso antes de ser técnica. La empresa es considerada un teatro operativo. Cada problema se convierte en una amenaza. Cada anomalía se convierte en un riesgo. Cada crisis se convierte en una justificación para fortalecer la infraestructura de control. Una pandemia, una guerra, un ataque, una crisis migratoria, una emergencia energética, un levantamiento urbano: cada evento excepcional puede dejar tras de sí una vigilancia permanente.
Aquí es donde la reflexión de Foucault sobre la seguridad cobra importancia. En sus lecciones sobre la gubernamentalidad, Foucault demostró que el poder moderno no se limita a imponer leyes o disciplinar cuerpos, sino que gobierna poblaciones. No se limita a controlar individuos aislados. Gestiona flujos, riesgos, estadísticas, epidemias, circulación, riqueza y territorios. La seguridad se convierte en una racionalidad del gobierno.
Palantir lleva esta racionalidad a la era de la inteligencia artificial.
El conocimiento como dominio
Para Foucault, el poder y el conocimiento no son separados. El poder produce conocimiento, y el conocimiento fortalece el poder. Quienes clasifican, nombran, miden y archivan no se limitan a describir la realidad: la organizan. Establece categorías, define la normalidad, genera desviaciones, hace visibles algunos comportamientos y otros invisibles.
Esto es exactamente lo que ocurre en el universo de los datos. Los datos nunca son pura materia inocente. Parecen objetivos, pero se recopilan según criterios, ordenados según prioridades, interpretados según modelos y utilizados con fines políticos, económicos o militares. El algoritmo no borra el poder. Lo esconde tras la técnica.
Cuando una plataforma decide qué datos importan, qué correlaciones son relevantes, qué perfiles merecen atención, qué anomalías generan una alarma, está ejerciendo una forma de poder. No necesita hacer discursos ideológicos. Solo tiene que organizar el campo de lo visible. Decir qué puede verse, por quién, con qué consecuencia.
La distopía algorítmica no se trata simplemente de que alguien sepa mucho sobre nosotros. Se trata de que ese conocimiento se transforme en decisiones sin ningún tipo de control democrático real. Los ciudadanos son observados, pero no pueden observar el sistema que los observa. Son categorizados, pero no comprenden del todo los criterios de clasificación. Son juzgados, pero no siempre pueden cuestionar al juez invisible que preparó el juicio.
El ciudadano como órgano administrado
En Foucault, el cuerpo es uno de los lugares privilegiados del poder. El poder disciplina cuerpos, los entrena, los corrige, los hace productivos. En el mundo contemporáneo, el cuerpo no desaparece: se duplica gracias a su perfil digital.
Cada uno de nosotros ahora tiene una especie de cuerpo informático: datos de salud, información bancaria, datos telefónicos, datos biométricos, historial de viajes, patrones de consumo, relaciones, imágenes y hábitos. Este doble digital puede circular con mayor amplitud que el cuerpo físico. Puede ser consultado, vendido, analizado, archivado y comparado. Puede tener consecuencias concretas: acceso a un servicio, sospecha de una investigación, exclusión de un procedimiento, selección automatizada y mayor control.
El cuerpo físico vive en el mundo. El cuerpo digital vive en sistemas. Pero este último puede condicionar mucho el primero.
Esta es una nueva forma de vulnerabilidad. El individuo ya no se ve afectado solo por haber realizado un acto, sino porque su doble digital ha sido interpretado de cierta manera. Y a menudo ni siquiera sabe dónde corregirlo, cómo impugnarlo, a quién acudir. La vieja burocracia al menos tenía un contraargumento. La nueva burocracia algorítmica puede no tener rostro.
Orwell y Foucault: dos distopías que se encuentran
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George Orwell y Michel Foucault
Orwell imaginó un poder que imponía la verdad desde arriba. Foucault estudió un poder que producía normalidad desde abajo, a través de instituciones, prácticas, conocimientos y disciplinas. Nuestra era parece fusionar ambas dimensiones.
De Orwell tomamos la guerra permanente, el lenguaje invertido, la vigilancia generalizada, la reducción de la disidencia a una amenaza. De Foucault tomamos la normalización, clasificación, disciplina, la gestión de cuerpos y poblaciones. Palantir, desde esta perspectiva, representa una síntesis contemporánea: no el único y burdo Gran Hermano, sino una constelación de herramientas capaces de hacer que el poder sea más inteligente, rápido, predictivo, penetrante.
El manifiesto de Karp no dice: queremos controlar la sociedad. Dice: debemos defender la civilización occidental. No dice: queremos vigilar a los ciudadanos. Dice: debemos usar los datos para protegerlos. No dice: queremos militarizar el futuro. Dice: debemos prepararnos para la competencia con potencias hostiles. No dice: queremos reducir la política. Dice: debemos superar las dudas e ineficiencias.
Este es precisamente el punto. La distopía contemporánea no habla el lenguaje de la tiranía. Habla el idioma de la necesidad.
El patriotismo tecnológico como nueva ideología
Uno de los aspectos más relevantes del manifiesto es la construcción de un patriotismo tecnológico. Según esta visión, las empresas de Silicon Valley han perdido su misión histórica, dedicándose demasiado al consumo, el entretenimiento, la publicidad, los servicios comerciales y demasiado poco al poder nacional. Karp aboga por una reconversión moral de la ingeniería: menos aplicaciones inútiles, más herramientas para defensa, inteligencia, guerra y seguridad.
El problema no es la idea de que un Estado deba equiparse con herramientas tecnológicas avanzadas. Sería ingenuo negarlo. Todas las potencias, en todas las épocas, han intentado usar la tecnología disponible para defenderse y competir. El problema es otro: cuando una empresa privada transforma esta necesidad en una doctrina total, el riesgo es que cada límite se presente como traición, cada duda como debilidad, y cada control democrático como un obstáculo.
El patriotismo tecnológico tiende así a crear una nueva jerarquía moral. Quienes construyen herramientas para la seguridad nacional se convierten en guardianes de la civilización. Quienes piden límites se vuelven sospechosos de ingenuidad. A quienes exigen transparencia se les acusa de no comprender el peligro. A quienes temen el abuso se les invita a mirar a los enemigos externos.
Es una retórica poderosa, porque se alimenta de amenazas reales. La competencia con China, Rusia, Irán, el terrorismo, el crimen organizado, la guerra híbrida y los ciberataques realmente existen. Pero precisamente porque las amenazas son reales, el peligro es mayor: el miedo concreto hace aceptable lo que en tiempos normales sería rechazado.
En las sociedades contemporáneas, la seguridad se ha convertido en una especie de religión civil. Todo puede sacrificarse en su nombre: privacidad, libertad, procedimientos, garantías, transparencia. Cada solicitud de control se presenta como protección. Cualquier acumulación de datos se justifica como prevención. Cualquier extensión de poderes se describe como una respuesta al peligro.
Pero una democracia liberal no se mide solo por su capacidad para defenderse. También se mide por su capacidad para poner límites a las herramientas con las que se defiende. El poder ilimitado, incluso cuando nace para proteger, acaba transformando la protección en dominación.
Foucault nos enseñaría no solo a preguntarnos quién manda, sino cómo funciona el mando. ¿Por dónde pasa? ¿A través de qué instituciones? ¿Qué archivos? ¿Qué prácticas? ¿Qué idiomas? ¿Qué categorías? ¿Qué cuerpos hace visibles? ¿Qué conducta hace normal? ¿Qué vidas consideras arriesgadas?
Aplicado a Palantir, la pregunta es: ¿Qué clase de sociedad produce una tecnología diseñada para verlo todo, conectar todo, predecirlo todo y poner ese conocimiento al servicio de la seguridad del Estado?
El riesgo de la democracia administrada
El peligro no es necesariamente un golpe digital. Es algo más lento: democracia administrada. Formalmente, las elecciones, los partidos, los parlamentos, los medios de comunicación y los tribunales permanecen. Pero una proporción creciente de decisiones está siendo preparada, guiada o condicionada por infraestructuras técnicas opacas. El político decide, pero lo hace dentro de un entorno informativo construido por plataformas privadas. El funcionario evalúa, pero en función de sistemas que no controla completamente. El ciudadano apela, pero a menudo no conoce la cadena que causó el daño.
La soberanía no desaparece. Se mueve.
Ya no se limita a leyes, fronteras, monedas o ejércitos. Se manifiesta en datos, códigos, estándares, sistemas analíticos, contratos públicos y arquitecturas informáticas. Quien controla estas infraestructuras participa de la soberanía, aunque no haya sido elegido.
Por eso el manifiesto de Palantir es tan importante políticamente. No se trata solo de una empresa. Habla de una transformación del poder occidental. La sociedad privada ya no se limita a proporcionar herramientas al Estado. Su objetivo es definir la forma en que el Estado ve el mundo. Y quienes definen la forma en que el poder ve el mundo, también contribuyen a definir cómo actúa el poder sobre el mundo.
La normalización de le excepción
Todo aparato de vigilancia casi siempre surge de una emergencia. Terrorismo, guerra, pandemia, delincuencia, inmigración, fraude fiscal, seguridad urbana. El problema es que la emergencia pasa, pero la infraestructura permanece. Al contrario, tiende a expandirse. Una vez construido un sistema capaz de recopilar y cruzar datos, es muy difícil limitar su uso original.
La función se expande. El perímetro cambia. Los nuevos actores piden el acceso. Nuevas agencias descubren la utilidad de la herramienta. Nuevas crisis justifican nuevas prórrogas. El poder técnico genera dependencia institucional. Una vez que la administración se acostumbra a ver a través de una plataforma, le cuesta prescindir de ella.
Esta es la verdadera fuerza de la vigilancia contemporánea: su irreversibilidad práctica. No requiere ser impuesta brutalmente. Simplemente necesita ser útil. Ser práctica. Garantizar que la seguridad, la eficiencia y la economía coincidan. En ese punto, quienes abogan por un retorno al pasado parecen irracionales.
Foucault probablemente habría reconocido en esta dinámica una forma avanzada de gobernabilidad: el poder no solo ordena, sino que estructura el campo de posibilidades. No siempre dice "debes hacerlo". Con mayor frecuencia, crea entornos donde algunos comportamientos se vuelven naturales, otros improbables y otros más penalizados.
La libertad como residuo
En el manifiesto de Karp, la libertad occidental se evoca como un valor a defender. Pero la pregunta es: ¿qué libertad queda si todo está subordinada a la lógica de la seguridad permanente?
La libertad supervisada no necesariamente desaparece. Puede seguir existiendo, pero como un espacio residual. Podemos hablar, pero sabemos que las palabras dejan huella. Podemos desplazarnos, pero sabemos que nuestros movimientos quedan registrados. Podemos disentir, pero sabemos que la disidencia puede ser categorizada. Podemos elegir, pero en un entorno cada vez más controlado. Podemos vivir con normalidad, siempre y cuando no nos convirtamos en una anomalía.
La libertad no siempre muere con una prohibición. A veces se reduce porque el individuo interioriza la mirada del sistema. Evita ciertas palabras, ciertas relaciones, ciertas investigaciones, ciertos comportamientos. No porque sean ilegales, sino porque podrían malinterpretarse. Esta es la victoria más profunda de la vigilancia: no impedir la acción, sino transformar la imaginación de lo posible.
Una persona disciplinada no necesita ser reprendida constantemente. Se corrige a sí misma.
La inversión moral
El aspecto más inquietante del manifiesto es su inversión moral. La inteligencia artificial militar no se presenta como un mal necesario, sino como un deber. La colaboración entre empresas tecnológicas y agencias de seguridad no se presenta como un área sensible que deba regularse, sino como una misión patriótica.
Giuseppe Gagliano
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