Caricatura satírica, inspirada en John Heartfield y George Grosz, que representa al ministro israelí de la Guerra, Israel Katz, en una puesta en escena expresionista que denuncia la guerra contra Gaza y la impunidad de quienes la apoyan.
Si la comunidad internacional contara con un sistema de justicia eficaz, Katz figuraría en la lista de los criminales más buscados del planeta.
El ministro de Defensa Israel Katz adora jactarse de sus crímenes de guerra. No hay prácticamente ninguno del que no se enorgullezca, apenas un crimen contra la humanidad que no haya amenazado con cometer. Como un matón de poca monta, Katz alardea por igual de los crímenes de los que es responsable y, más aún, de aquellos con los que nada tuvo que ver. Enredador enano que juega a ser ministro de Defensa, sin influencia real alguna, Katz no cesa de parlotear sobre sus crímenes.
Así, cada vez que ordena al ejército ocupar y arrasar otro campo de refugiados de Cisjordania, Katz proclama a bombo y platillo: «Miren las semillas de destrucción que he sembrado».
El momento elegido no engaña a nadie, por supuesto: son las primarias del Likud. Pero que los crímenes de guerra se hayan convertido, para sus bases, en un pasaporte hacia la popularidad revela hasta qué punto se ha degradado moralmente el debate público.
El Estado de Israel ha tenido criminales de guerra mayores que Katz, pero nunca ha habido nadie que se enorgulleciera tanto de sus crímenes. Es más, Katz ha instaurado una nueva moda: eh, mírenme, soy un criminal de guerra, presume. Voten por los autores del transfer y del genocidio. No se avergüencen.
Esta semana, Katz volvió a emitir un comunicado en el que pregonaba la orden que había dado de ocupar otro campo de refugiados de Cisjordania y expulsar a sus habitantes. Así son las cosas cuando los crímenes se han normalizado y legitimado. Aquí casi nadie tuvo que rendir cuentas cuando, en enero de 2025, Israel expulsó a unos 20.000 habitantes del campo de Yenín y lo destruyó, y poco después arrasó dos campos de refugiados en Tulkarem. Las vidas de decenas de miles de personas —en su inmensa mayoría gente pobre, desamparada e inocente— quedaron destrozadas.
¿Hace falta recordar que se trata de refugiados de tercera y cuarta generación, a quienes Israel expulsó de sus aldeas en 1948 sin permitirles jamás regresar? ¿Hace falta explicar que es Israel el responsable de su suerte? Y ahora se les impide volver a sus hogares en los campos, algunos de ellos arrasados. Comunidades vibrantes y densamente pobladas se han convertido en pueblos fantasma.
Yo conocía bien el campo de Yenín. No había otro igual en toda Cisjordania, con aquella mezcla de determinación, coraje y orgullo, sumada a la calidez y la generosidad. Sí, el campo de Yenín, ese al que llamaban «un avispero». Sí, allí había más hombres armados que en otros campos, y también talleres de fabricación de bombas. Los vi. Pero el campo no renunció a su lucha por la libertad. La solución de Israel fue destruirlo.
Lo mismo ocurrió en Nur al-Shams y en Tulkarem: ya no existen, sus habitantes dispersos por toda Cisjordania, hacinados desde hace casi dos años en las casas de sus parientes.
Katz quiere continuar con este programa piloto. Balata y los campos de Askar, el viejo y el nuevo, están en su punto de mira. De ahí pasará a los campos del centro y del sur de Cisjordania, hasta que no quede uno solo en pie, de Deheishe a Al-Fawar. ¿Y por qué limitarse a los campos? Después vendrán las aldeas y las ciudades, también focos de resistencia a la ocupación. Una Nakba 2.0 representada entre los aplausos de los votantes de las primarias del Likud.
Hace unos meses, invitado a la conferencia de Canal 14, Katz proclamó que en «24 aldeas libanesas de cientos de habitantes hemos destruido cada estructura, no casa por casa, sino aldeas enteras». Y en Gaza hubo más: «Lugares que ustedes recuerdan, como Shujaiya y Jabalia, hoy ya no existen. Han sido destruidos. No veo casas, solo la playa». La poética de un ministro del exterminio.
Si el Estado de Israel tuviera un verdadero sistema de justicia, Katz habría sido detenido al salir del auditorio. Si la comunidad internacional contara con una justicia eficaz, figuraría en la lista de los criminales más buscados del planeta.
Katz está ahí para burlarse de la ridícula propaganda israelí, esa que le repite al mundo que Israel respeta el derecho internacional y no ataca deliberadamente a los no combatientes. Él aporta la prueba más incriminatoria de todas: no hacen falta organizaciones de derechos humanos ni tribunal que investiguen. Israel destruye regiones enteras, una destrucción gratuita, para saciar la sed de venganza y de sangre de los votantes de las primarias del Likud.
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