Overblog Tous les blogs Top blogs Politique Tous les blogs Politique
Editer l'article Suivre ce blog Administration + Créer mon blog
MENU

Le blog de Contra información


Invasión de viviendas: Cercadas, con precios prohibitivos, digitalizadas y ocupadas

Publié par Contra información sur 7 Juillet 2026, 16:16pm

Invasión de viviendas: Cercadas, con precios  prohibitivos, digitalizadas y ocupadas

Tradicionalmente considerado un espacio de descanso, intimidad y autonomía, el "hogar" se ha integrado al mercado por el capitalismo y la tecnología digital, convirtiéndose en objeto de vigilancia y manipulación.

Los altavoces inteligentes, las cámaras de seguridad y los dispositivos de transmisión, aunque se presentan como soluciones prácticas, buscan extraer datos de todos los aspectos de la vida. ¿Es el hogar ahora un lugar de individualidad, comunidad y continuidad, o simplemente una unidad de control? 

El siguiente artículo es un extracto del nuevo libro de acceso abierto del autor: The Great Flattening: Enclosure, Extraction and the New Age of Concentrated Power, que se puede leer o descargar aquí 

Elige: ¿un ático de varias plantas o una casa de campo? ¿Un lugar junto al mar o un refugio de montaña? La idea misma de hogar está envuelta en sentimientos, aspiraciones y fantasías.

Se supone que el hogar es un nido acogedor, un lugar de confort, familiaridad y regreso, un refugio privado donde uno puede relajarse después de la jornada laboral y recuperar su bienestar. Sin embargo, esta imagen idílica ha sido cultivada, manipulada y vendida como parte de un sistema más amplio de control social y explotación comercial.

A lo largo de los años, nuestra percepción del hogar ha sido moldeada por planificadores, diseñadores, publicistas, agentes inmobiliarios, fabricantes, medios de comunicación y el mercado. Los urbanistas saben que los espacios se convierten en lugares a través de su organización, su uso y los significados que se les atribuyen.

Pero las casas se convierten en hogares también de otra manera: a través de la inversión emocional y material que las personas depositan en ellas. Precisamente por eso, el hogar se ha convertido en un terreno tan lucrativo para la manipulación.

Cada necesidad percibida en el hogar puede monetizarse. Cada sueño de comodidad, seguridad o estatus puede convertirse en un producto. Alfombras, cortinas, cocinas, baños, textiles para el hogar, iluminación, patios, altavoces inteligentes, sistemas de seguridad, dispositivos de streaming: cualquier área de la vida doméstica se ha convertido en un mercado para explotarla.

En este sentido, el hogar ya no es simplemente un lugar de refugio. Se ha convertido en un entorno de consumo cuidadosamente diseñado, una especie de escaparate de aspiraciones domésticas. No solo se nos dice cómo debe ser una casa, sino también qué tipo de casa debemos desear, dónde debe estar ubicada, qué clase social debe reflejar y qué tecnologías debe contener.

Cada vez más, un hogar se define menos por las personas que lo habitan y más por los estándares impuestos desde fuera. El resultado es una visión domesticada del mundo: una imagen de bienestar mediada por el mercado.

Esa transformación no se ha producido de forma aislada. El hogar, al igual que la ciudad y el campo, se ha visto inmerso en el proceso social más amplio que se describe a lo largo de este libro: el cercamiento. La antigua idea del hogar como un dominio estable e independiente se ha ido disolviendo gradualmente por las mismas fuerzas que han estandarizado los alimentos, erosionado las economías locales, nivelado el espacio urbano y convertido la tierra, el trabajo y la cultura en activos gestionables.

El ámbito doméstico no ha escapado a la lógica del capital. Se ha reorganizado para servirle.

Los hogares también se han transformado gracias a la tecnología. Cada nuevo dispositivo que llega a casa cambia el significado del hogar y lo que hacemos en él. Algunas tecnologías facilitan las tareas domésticas. Otras reestructuran la vida cotidiana de forma que aumentan la dependencia y merman la autonomía.

Las generaciones anteriores tenían una plancha y un tendedero; la lavadora y la secadora los dejaron obsoletos. En la sala de estar había una chimenea para el carbón; la calefacción central la reemplazó. Las familias antes se entretenían por su cuenta o simplemente charlaban. La radio y la televisión alteraron el ritmo de la vida doméstica, y ahora internet ha convertido el hogar en un nodo permanente en redes globales de datos, comercio y vigilancia.

A primera vista, estos cambios pueden parecer un progreso. Pero también revelan algo más inquietante: el hogar nunca fue el santuario hermético que algunos imaginaban. El mundo siempre ha estado a la puerta. Lo que ha cambiado es la intensidad de su llegada y la magnitud de su penetración.

La antigua distinción entre interior y exterior, privado y público, refugio y exposición, se ha ido debilitando progresivamente. La radio abrió la puerta al mundo. La televisión amplió aún más esa brecha. Internet ha ido más allá, convirtiendo el hogar en un espacio permeable a un flujo interminable de información, publicidad, entretenimiento, mensajes políticos, rastreo e influencia algorítmica.

Terreno en disputa 

Aquí es donde el problema se vuelve político. En la concepción liberal clásica, el hogar privado solía considerarse un espacio aparte de la vida pública, un ámbito donde uno podía aislarse de la sociedad y cultivar el pensamiento independiente. Pero ese ideal siempre fue parcial y desigual. Los hogares nunca estuvieron al margen de la ideología, la clase social, el género o el poder.

Aun así, la situación actual evidencia una invasión más profunda. El ámbito doméstico se ha convertido en un terreno de disputa donde corporaciones, plataformas y estados compiten por moldear percepciones y hábitos. El hogar es el lugar donde constantemente nos interpelan, nos perfilan y nos manipulan.

El sociólogo alemán Jürgen Habermas sostenía que el discurso público debía estar abierto a la crítica y a la evaluación racional. Sin embargo, lo que nos llega a través de las pantallas en nuestros hogares es un entorno manipulado para la persuasión. No participamos en igualdad de condiciones en los sistemas de información que entran en nuestros salones y dormitorios. Somos meros objetivos.

La política se ha basado en el marketing, los medios de comunicación y la gestión de la imagen. Al alentar a los ciudadanos a consumir opiniones en lugar de formarlas, se crea un consenso pasivo mediante la repetición y el espectáculo, diseñados para la manipulación emocional. El hogar se convierte en un espacio donde la vida pública se nos impone a través de eslóganes y estados de ánimo.

Por eso, el espacio doméstico cobra tanta importancia en la lógica del poder. Lo que sucede en casa ya no se queda en casa. Nuestros dispositivos nos conectan a un vasto aparato que predice el comportamiento y monetiza la atención. La promesa de comodidad enmascara una rendición más profunda.

La gente comparte sus datos voluntariamente. Equipan sus hogares con productos inteligentes y electrodomésticos conectados, mientras las empresas obtienen más información sobre ellos que sus propios vecinos. El antiguo ladrón necesitaba una llave. El nuevo solo necesita nuestra participación.

Así, el hogar se convierte en parte de una arquitectura de cerramiento más amplia. Se anima a las personas a personalizar sus espacios mientras se las encasilla en categorías de consumo estandarizadas. Decoran, renuevan, consumen contenido en streaming, se suscriben y actualizan sus servicios en nombre de la individualidad, mientras que los sistemas subyacentes se vuelven más uniformes e intrusivos.

El hogar aparenta ser acogedor, pero su infraestructura se externaliza cada vez más, pertenece a terceros y se controla a distancia. Incluso el lenguaje de la libertad se ve absorbido por la maquinaria de la captura.

Internet ha acelerado este proceso al convertir la vida doméstica en una identidad digital. Ahora la gente habla con naturalidad de páginas de inicio, feeds, perfiles y plataformas en línea, como si fueran lugares donde uno puede vivir.

Las personas crean entornos web que simbolizan la pertenencia y la identidad, a menudo como respuesta a la creciente falta de arraigo y la fragmentación. En ese sentido, crear un espacio en la web es una forma de construir un hogar. Pero también es una trampa.

Cuanto más dependen las personas de los espacios digitales para construir su identidad, más vulnerables se vuelven sus vidas íntimas a los sistemas de datos diseñados para la extracción de información. Si bien la web puede parecer una extensión personalizada del hogar, también es un medio de vigilancia y un espacio donde se concentra la atención.

Todo esto refleja una situación social más profunda en la que las personas se ven desarraigadas de su comunidad y su lugar de origen. Cuando la vida local y la comunidad se debilitan, se le exige al hogar que asuma un papel más importante. Debe proporcionar identidad, consuelo, entretenimiento, conexión y apoyo emocional.

Al mismo tiempo, está sometida a un flujo constante de mensajes externos que nos dictan quiénes debemos ser, cómo vivir, qué comprar y a qué debemos temer. Por lo tanto, el ámbito doméstico se ve sobrecargado desde dos frentes: se espera que sea un refugio, pero a la vez se desmantela como tal.

El concepto de hogar va mucho más allá de los ladrillos y el cemento. El hogar es un concepto cultural e histórico, ligado al lugar de nacimiento, la ascendencia, el idioma, la ciudadanía, la memoria y los rituales. Las personas llevan consigo su hogar de maneras que no se reducen a la propiedad de un inmueble o una dirección postal.

Algunos anhelan regresar a su patria. Otros defienden un lugar de la ocupación. Algunos, desplazados, llevan consigo un hogar portátil en su idioma, fe, costumbres y recuerdos. Otros llevan una vida nómada y entienden el hogar en el sentido más amplio posible, como una relación más que como una simple residencia.

Por eso el hogar puede convertirse en un foco de conflicto. Se transforma en una reivindicación al marcar la pertenencia y la identidad. En muchas partes del mundo, las luchas por el hogar son luchas por la tierra, la nación, la religión y la supervivencia. Desde Palestina y Kurdistán hasta Cachemira y Manipur, la demanda de una patria ha estado ligada a cuestiones de soberanía, memoria y el derecho a existir según los propios términos.

La religión ha desempeñado a menudo un papel central en esta psicología profunda del hogar. La noción de Peter Berger del dosel sagrado nos recuerda que la religión proporciona a las personas un universo de significado, un marco que vincula la vida personal con un orden social y cósmico más amplio. Cuando estos marcos se desmoronan, las personas pueden experimentar una sensación de desarraigo, no solo en el sentido físico, sino también en el mental.

La «mente sin hogar» de Berger refleja la desorientación existencial que surge tras el declive del significado compartido y el auge del individualismo, la secularización y la fragmentación. En esa situación, las personas buscan un sentido de pertenencia dondequiera que puedan encontrarlo.

Resistir la falta de vivienda 

Pero las alternativas que ofrece la modernidad son escasas. La cultura de consumo promete satisfacción y solo proporciona distracción. Ir de compras se convierte en una especie de religión, pero no puede responder a las preguntas existenciales más profundas. Tampoco pueden hacerlo los sistemas ideológicos del siglo XX, por muy grandilocuentes que sean sus pretensiones. El universo simbólico de la Unión Soviética no resolvió la necesidad humana de encontrar un sentido último a la vida, y el mercado moderno no corre mejor suerte.

Lo sagrado no ha desaparecido tanto como ha sido desplazado, mercantilizado o sustituido por marcas y estilos de vida. Ante la ausencia de un significado profundo, la gente recurre a diversos sustitutos parciales: nacionalismo, sectarismo, cultura del bienestar, comunidades en línea o el flujo constante de información.

Esto ayuda a explicar por qué el hogar aún ejerce una fuerza emocional tan poderosa. La búsqueda del hogar no es realmente la búsqueda de un edificio, sino la búsqueda de continuidad y pertenencia en un mundo que se fragmenta constantemente. Por eso, los migrantes, refugiados y comunidades diaspóricas suelen recrear el hogar a través de costumbres, comida, idioma, culto y vida vecinal compartidas.

Los italianos en Nueva York no abandonaron sus raíces al llegar; las reconstituyeron en Little Italy. En Londres y otras ciudades británicas, las comunidades del sur de Asia, el Caribe, África y otras han construido sus propias formas de continuidad, a menudo en torno a instituciones religiosas, comercios, rituales y apoyo mutuo. Las celebraciones de Diwali en Leicester, por ejemplo, pueden considerarse actos de pertenencia pública.

Esto también explica por qué los debates sobre la identidad nacional suelen ser tan acalorados y a la defensiva. Cuando en la década de 1980 el político británico Norman Tebbit cuestionó la lealtad de los británicos de origen asiático que apoyaban a India o Pakistán en críquet, la cuestión no era realmente el deporte, sino el sentido de pertenencia. ¿Quién define el hogar? ¿Es simplemente el país al que uno se ha mudado o el hogar sigue presente en la ascendencia y el apego heredado?

Estas cuestiones no pueden resolverse únicamente con pasaportes. El hogar es historia y memoria. Es la vida acumulada de generaciones.

Sin embargo, el mundo contemporáneo debilita implacablemente estos lazos. La ciudad homogeneizada, la plataforma digital, el entorno comercial estandarizado y el estado de vigilancia contribuyen a una situación de desarraigo. El bloque de apartamentos, la urbanización cerrada, el parque comercial y el hogar inteligente corren el riesgo de convertirse en no-lugares: entornos de conveniencia sin intimidad y de funcionalidad sin arraigo.

Por eso, la cuestión del hogar es una cuestión de poder. ¿Quién controla las condiciones en las que viven las personas? ¿Quién diseña los espacios donde se forman los vínculos afectivos? ¿Quién se beneficia del trabajo emocional de la vida doméstica?

¿Quién decide si el hogar es un lugar de identidad, comunidad y continuidad o una unidad controlada de consumo y extracción de datos? Estas preguntas son fundamentales para comprender qué tipo de sociedad habitamos.

El hogar, entonces, no es simplemente un lugar que habitamos. Puede brindar refugio y humanizarnos. Pero también puede ser un espacio cerrado, colonizado y vigilado. La visión sentimental del hogar como un refugio aislado resulta cada vez más insostenible. El mundo está en el hogar, y el hogar está en el mundo. Lo que importa es si esa conexión sustenta la vida o la reduce a la dependencia.

Por eso, millones de personas siguen luchando por reivindicar su derecho a la vivienda, en todo el sentido de la palabra. Defienden la memoria, el sentido de pertenencia, la dignidad y la posibilidad de vivir en un mundo que reconozcan como propio. El hogar está donde está el corazón, sí, pero solo si no ha sido cercado, expropiado, digitalizado o cedido.

Colin Todhunter  es un investigador y escritor independiente.

countercurrents

Pour être informé des derniers articles, inscrivez vous :
Commenter cet article

Archives

Nous sommes sociaux !

Articles récents