Gobernar sin consentimiento: la nueva cara del poder
Hubo un tiempo en que el poder, para ejercerse, necesitaba al menos fingir que pedía permiso. Desde el ágora ateniense hasta el contractualismo de Hobbes, desde la firma arrebatada a un rey en los campos de Runnymede hasta la papeleta depositada en la urna, la civilización occidental erigió, a lo largo de los siglos, una de las ficciones más ingeniosas jamás registradas: que gobernar a los hombres requiere, de alguna manera, el consentimiento de los gobernados. En términos generales, toda la estructura de la política moderna se basa en esa promesa, ya que incluso los tiranos más desvergonzados sintieron la necesidad de convocar plebiscitos y redactar constituciones de fachada. El consentimiento podía falsificarse, pero nunca podía prescindirse por completo.
Y ahora surge, silenciosa y eficiente, una forma de poder que ya no se molesta en preguntar. Me refiero a lo que representa Palantir Technologies, una empresa fundada con el capital de Peter Thiel y dirigida por Alex Karp, con una claridad casi didáctica. No se trata simplemente de una empresa más que vende programas al Estado, pues eso sería banal y tan antiguo como el propio Estado. Es algo más sutil y, precisamente por eso, más inquietante, ya que la empresa no se limita a entregar la herramienta, sino que va más allá y moldea la dirección de lo que esta ejecuta. No solo vende software, sino tesis, marcos conceptuales y posiciones estratégicas sobre cómo deberían operar las naciones en un mundo definido por la competencia tecnológica. Y quien proporciona la dirección, y no solo el instrumento, comienza a adoptar la lógica del poder estatal sin asumir ninguna de las limitaciones que hacen que un Estado rinda cuentas.
La tesis que presento al estimado lector es sencilla de enunciar, pero difícil de digerir. La política ha dejado de surgir exclusivamente a través de la ley. Cada vez más, surge a través de la infraestructura. Las plataformas de datos deciden cómo fluye la información, los algoritmos determinan quién es señalado, priorizado o simplemente ignorado, y los sistemas integrados se convierten en la columna vertebral de la vigilancia y el control. Cuando estos sistemas se implementan a gran escala, funcionan como políticas públicas, aunque ningún parlamento haya votado jamás sobre el verdadero alcance de sus efectos. No nos encontramos ante una hipótesis académica ni una abstracción de seminario, sino ante algo operativo, ya en marcha, funcionando mientras el lector recorre estas líneas con la mirada.
Cuando Tocqueville vislumbró el rostro del despotismo que un día amenazaría las democracias venideras, no imaginó al déspota clásico con espada en mano. Imaginó, en cambio, un poder inmenso y tutelar, meticuloso y apacible, que no doblega la voluntad sino que la suaviza, que no atormenta sino que administra, y que reduce a cada nación a un rebaño de animales tímidos e industriosos. Lo que el pensador francés previó con melancolía, hoy lo subcontratamos mediante licitación pública, e incluso agradecemos al proveedor la eficiencia del servicio.
Vale la pena observar cómo se justifica esta expansión, pues todo aumento de poder requiere una coartada, y la coartada actual es la competencia geopolítica. El argumento es conocido y no carece de fundamento, ya que, si Estados Unidos se niega a desarrollar tales capacidades, China sin duda lo hará. Sin embargo, amigo mío, ese mismo razonamiento ha servido, a lo largo de la historia, para justificar todo tipo de excesos, desde la ampliación de la vigilancia hasta la centralización del poder, siempre en nombre del sagrado imperativo de no quedarse atrás. Ahora bien, una vez que el criterio se convierte en igualar al adversario, los límites se vuelven flexibles, y donde los límites se flexibilizan, la rendición de cuentas suele ser la primera víctima de la guerra.
Vale la pena enumerar, sin alardes, el alcance concreto de esta infraestructura, dado que abarca la logística militar y el apoyo a las operaciones de defensa, el análisis de inteligencia, la integración de datos policiales, las operaciones de inmigración y fronterizas, y la respuesta ante desastres y crisis. No se trata, por lo tanto, de una influencia marginal, sino del tejido nervioso del Estado contemporáneo. Sin embargo, la ciudadanía no vota sobre Palantir, ni aprueba directamente sus contratos, ni tiene plena visibilidad de lo que silenciosamente decide su existencia. Así pues, surge la pregunta, incómoda como toda pregunta honesta: ¿cuánto poder de gobernar puede existir al margen del propio acto de ser gobernado?
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Es necesario hacer una aclaración, una que exige honestidad intelectual, pues el mérito del asunto no reside en especular sobre conversaciones privadas o conspiraciones secretas, algo que resultaría apropiado para una novela y muy inapropiado para un artículo serio. Figuras como Thiel y Karp gozan de una amplia influencia en los medios, la política y la tecnología, lo cual, a esa altura de fortuna e influencia, resulta casi banal. El punto que realmente merece ser examinado es de naturaleza estructural y permanece independiente de las intenciones personales de los involucrados. Una entidad privada construye los sistemas empleados por el Estado, esos sistemas influyen en resultados concretos en la vida de millones de personas, el público tiene una visibilidad limitada de su funcionamiento, y esa misma entidad aboga públicamente por cómo deberían expandirse dichos sistemas. Esto constituye una concentración de poder que, si bien no es ilegal por definición, es lo suficientemente significativa como para exigir una vigilancia permanente por parte de cualquiera que aún se tome en serio el concepto de república.
Chesterton, en uno de sus relatos del Padre Brown, ofreció una lección que vale más que toda una biblioteca de ciencias políticas. Ideó un asesinato cometido por un hombre al que cuatro testigos juraron no haber visto jamás, aunque había entrado por la puerta principal a la vista de todos. El hombre era el cartero, y había pasado desapercibido no porque estuviera oculto, sino porque era esperado, mentalmente invisible, demasiado común para que el ojo lo registrara como una presencia. El nuevo poder es precisamente de esa clase. No se oculta en sótanos ni se anuncia en manifiestos, sino que opera a plena luz del día, bajo la inocua forma de una actualización del sistema, de un contrato de servicio, de una plataforma que no promete nada más allá de la eficiencia. Soñábamos que la tiranía, cuando por fin llegara, lo haría con botas y estandartes, precedida por tambores, para que al menos pudiéramos reconocerla y resistir. Llega, por el contrario, sin rostro y sin sonido, pidiendo solo que aceptemos las condiciones de uso. Y nosotros, dóciles, después de todo, hacemos clic en "Acepto".
The Elegant Ruin
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