Uso dual como condición estructural
Cuando el matemático y empresario Eric Schmidt, entonces director de Google, describió la inteligencia artificial como «la tecnología más transformadora que la humanidad haya desarrollado jamás», pocos habrían imaginado la rapidez con la que esa predicción se traduciría en doctrina militar. Hoy, poco más de una década después, la IA no es solo una herramienta que mejora la eficacia de las fuerzas armadas: se ha convertido en el mecanismo mismo mediante el cual se genera, organiza y proyecta el poder militar en el mundo contemporáneo.
Hemos entrado en una nueva era de conflicto, en la que las fronteras entre la guerra y la paz, entre la tecnología civil y el armamento militar, entre las operaciones cinéticas y las campañas de influencia digital, se han vuelto tan difusas como un algoritmo. Y esa línea, con cada día que pasa, se vuelve más difícil de trazar.
El primer elemento que distingue a la IA de cualquier otra innovación tecnológica anterior —desde la pólvora hasta la energía nuclear y los drones— es su naturaleza intrínsecamente de doble uso. A diferencia de los sistemas de armas tradicionales, diseñados originalmente con fines militares, los sistemas de IA casi siempre surgen dentro de ecosistemas comerciales y civiles: laboratorios universitarios, empresas emergentes tecnológicas y grandes plataformas digitales.
Un modelo lingüístico desarrollado para ayudar a los clientes bancarios puede, con pocas modificaciones, utilizarse para analizar interceptaciones enemigas o generar desinformación a escala industrial. Un sistema de visión artificial diseñado para guiar vehículos autónomos puede reutilizarse para reconocer objetivos militares. Un algoritmo de optimización logística creado para gestionar cadenas de suministro comerciales puede planificar movimientos de tropas y calcular rutas de suministro.
Esta dinámica crea una situación estructural sin precedentes: la distinción entre los ámbitos civil y militar se difumina cada vez más y se vuelve más inestable. La inversión privada en investigación y desarrollo de IA supera con creces los presupuestos gubernamentales destinados al mismo sector, lo que significa que las principales innovaciones tecnológicas en el ámbito militar provienen —directa o indirectamente— de empresas privadas que operan en el mercado global.
Esto conlleva una consecuencia geopolítica paradójica: las tecnologías de IA civiles ya no pueden considerarse herramientas políticamente neutrales. Una vez adaptadas e implementadas en contextos de conflicto, estos sistemas se integran en la lógica militar y adquieren gradualmente funciones estratégicas que sus creadores a menudo no anticiparon ni pretendieron.
La OTAN se está organizando: desde Ucrania hasta Diana.
A nivel institucional, Occidente comprendió la gravedad de la situación con relativa rapidez. Durante la guerra de Ucrania —el primer gran conflicto convencional del siglo XXI en el que la IA desempeñó un papel operativo fundamental—, el Reino Unido apoyó activamente la creación de un Centro de Excelencia para la Inteligencia Artificial en el Ministerio de Defensa ucraniano. Esta iniciativa no solo representa un apoyo a Kiev, sino también un laboratorio al aire libre para probar las doctrinas, capacidades y vulnerabilidades de los sistemas de IA en condiciones reales de guerra.
La Alianza Atlántica en su conjunto ha adoptado una Estrategia de la OTAN sobre Inteligencia Artificial, un documento que reconoce explícitamente la IA como una tecnología clave para las operaciones militares contemporáneas. Paralelamente, la OTAN lanzó el Acelerador de Innovación en Defensa para el Atlántico Norte, conocido por el acrónimo DIANA: una red transnacional diseñada para conectar a empresas emergentes, centros de investigación y actores del sector de la defensa en el desarrollo conjunto de tecnologías de doble uso, con los sistemas de IA a la vanguardia de la agenda.
DIANA representa un intento de institucionalizar la permeabilidad entre los mundos civil y militar que la IA ha hecho inevitable, transformándola de una vulnerabilidad en una ventaja estratégica. La idea es que las potencias occidentales puedan mantener una ventaja tecnológica sobre sus adversarios acelerando los ciclos de innovación y reduciendo el tiempo entre un descubrimiento científico y su aplicación operativa sobre el terreno.
La integración de la IA en los sistemas de mando y control, el análisis de inteligencia y los procedimientos de identificación de objetivos ya es una realidad operativa. Los procesos de toma de decisiones militares se aceleran a un ritmo que pone a prueba la supervisión humana: los algoritmos analizan enormes volúmenes de datos satelitales, electrónicos y de señales en tiempo real, proporcionando recomendaciones operativas en intervalos de tiempo cada vez más reducidos. La cuestión de cuánto peso debe tener el juicio humano en esta cadena —y en qué punto de la misma debe intervenir— es una de las más acuciantes en el debate actual sobre seguridad internacional.
Venezuela e Irán: Los primeros laboratorios de IA geopolítica
Si bien la dimensión institucional de la IA militar se desarrolla en los círculos de la OTAN y en los centros de investigación occidentales, es en escenarios de crisis reales donde se ponen a prueba las nuevas doctrinas. Dos casos en particular han llamado la atención de los analistas como los primeros ejemplos documentados de operaciones estratégicas a gran escala basadas en IA: Venezuela e Irán.
Durante la crisis venezolana de 2026, según informes, Estados Unidos empleó tecnologías de IA en operaciones no cinéticas —es decir, operaciones que no implican el uso directo de la fuerza militar— que incluyeron ciberataques, campañas de influencia en redes sociales e interrupciones de las comunicaciones electromagnéticas.
Lo que hace que el caso venezolano sea particularmente significativo no es tanto la naturaleza de las operaciones individuales —ya probadas de diversas formas en contextos anteriores— sino su integración en un marco unificado basado en datos. La recopilación de inteligencia, las actividades de vigilancia, las operaciones de rastreo financiero y las campañas de influencia digital se orquestan de manera coordinada, impulsadas por un flujo continuo de datos analizados en tiempo real por sistemas de inteligencia artificial.
El detalle más revelador se refiere a la naturaleza de las herramientas empleadas. Los sistemas avanzados de IA generativa —incluidos, según algunas fuentes, modelos como Claude, desarrollado por Anthropic— se han integrado en entornos operativos mediante plataformas desarrolladas por Palantir, la empresa estadounidense especializada en análisis de datos para los sectores de defensa e inteligencia. Estos datos apuntan a una novedad estructural: los modelos comerciales fundamentales, desarrollados e implementados para uso civil, se están incorporando progresivamente a las arquitecturas de inteligencia militar y de selección de objetivos.
Venezuela ofrece así el primer ejemplo concreto de lo que podríamos llamar el "conjunto de herramientas geopolíticas de la era algorítmica": una herramienta integrada que combina capacidades de inteligencia, mecanismos de aplicación de sanciones, operaciones cibernéticas y manipulación de información en un marco operativo unificado, persistente y escalable.
Si el caso venezolano ilustra un modelo de conflicto de baja intensidad mediado por la IA, el contexto iraní lleva esta lógica hacia formas más intensas y directas. La confrontación entre Irán, Israel y Estados Unidos se ha extendido progresivamente al ámbito digital, con operaciones dirigidas no solo a infraestructuras críticas, sino también a las plataformas digitales que utiliza a diario la población civil.
Los informes disponibles describen operaciones cibernéticas llevadas a cabo para comprometer aplicaciones móviles ampliamente utilizadas por ciudadanos iraníes, con el fin de difundir mensajes coordinados destinados a moldear la percepción pública e influir en el comportamiento. Esto representa un salto cualitativo significativo en comparación con las operaciones de desinformación tradicionales: la IA permite la personalización masiva de mensajes, adaptándolos a los perfiles individuales de los usuarios, sus patrones de comportamiento digital y sus redes sociales.
En conjunto, los casos de Venezuela e Irán representan algo más que simples episodios de la geopolítica contemporánea. Son prototipos de una nueva forma de conflicto en la que la inteligencia artificial ya no sirve como herramienta de apoyo para operaciones diseñadas según la lógica tradicional, sino que se convierte en el componente estructurador de todo el ciclo operativo: desde la recopilación de datos hasta la planificación, desde la ejecución hasta la evaluación del impacto.
La proliferación nuclear renace en formato digital.
Paralelamente a las aplicaciones operativas, la integración de la IA en el ámbito de la seguridad plantea una cuestión que los gobiernos occidentales están empezando a abordar con creciente urgencia: el riesgo de que los sistemas avanzados de IA puedan facilitar el desarrollo de armas de destrucción masiva, en particular químicas, biológicas o nucleares.
No se trata de escenarios de ciencia ficción. Los sistemas avanzados de IA, entrenados con vastos corpus de literatura científica, son capaces de sugerir rutas de síntesis para compuestos químicos peligrosos, simular el comportamiento de agentes biológicos y optimizar el diseño de dispositivos explosivos. Las medidas de seguridad existentes —las llamadas "barreras de protección" integradas en los modelos— están diseñadas para limitar estos resultados, pero los propios desarrolladores reconocen que no pueden ofrecer garantías absolutas.
Las sofisticadas técnicas de ingeniería de solicitudes, que manipulan la forma en que se formulan las peticiones del sistema, a veces pueden eludir las medidas de protección establecidas. La posible filtración de información clasificada a través de sistemas de IA integrados en entornos operativos sensibles añade otra capa de riesgo.
En consecuencia, la seguridad de la IA ya no puede tratarse únicamente como una cuestión técnica —un problema de ingeniería que se resuelve con mejor código y filtros más eficaces—. Se convierte cada vez más en una cuestión de no proliferación y gobernanza de la seguridad internacional, que requiere herramientas similares a las desarrolladas en la posguerra para el control de armas nucleares: tratados internacionales, mecanismos de verificación, regímenes de inspección y normas compartidas de responsabilidad estatal.
La gobernanza que no existe
Sin embargo, precisamente en el ámbito de la gobernanza internacional, el marco actual presenta graves deficiencias. No existen convenios internacionales vinculantes que prohíban o limiten sustancialmente la aplicación militar de la inteligencia artificial. No hay ningún tratado análogo al Tratado de No Proliferación Nuclear, ni equivalente a la Convención sobre Armas Químicas, ni ninguna norma vinculante comparable a los Convenios de Ginebra para armas autónomas.
Hasta el momento, existe un conjunto de principios declarativos, directrices voluntarias y foros multilaterales que, si bien generan documentos importantes, no logran limitar el comportamiento de los Estados. La cumbre sobre IA Responsable en el Ámbito Militar (REAIM) reafirmó en su edición más reciente que las iniciativas lideradas por Occidente siguen priorizando los principios voluntarios sobre las restricciones vinculantes. Este enfoque refleja, al menos en parte, la reticencia de las potencias tecnológicamente avanzadas a renunciar a las ventajas competitivas que tanto les cuesta construir y que temen que se vean mermadas por competidores menos escrupulosos.
La situación se ve agravada por una paradoja estructural: los países que más abogan por la regulación suelen ser los mismos que, en realidad, muestran menor disposición a aceptar limitaciones vinculantes en sus programas de IA militar. La brecha entre la retórica de la responsabilidad y la realidad de las inversiones y las doctrinas operativas en este ámbito es abismal.
Los BRICS y la mayoría global: una trayectoria alternativa
La gobernanza de la IA militar no se limita al mundo occidental. Dentro de los BRICS y entre los países que se identifican con la llamada "Mayoría Global" —término que designa al grupo de países del Sur Global que se niegan a alinearse automáticamente con Washington o Bruselas— está surgiendo una trayectoria alternativa, marcada por preocupaciones y prioridades profundamente diferentes.
En el centro de esta trayectoria se encuentra la cuestión de la soberanía tecnológica. Los países que no participan en la vanguardia del desarrollo de la IA —y son la gran mayoría— temen verse estructuralmente dependientes de sistemas desarrollados en Estados Unidos, China o Europa: sistemas que podrían incorporar sesgos, puertas traseras o lógicas de vigilancia ajenas a sus intereses nacionales. En este contexto, la desigualdad en el acceso a las tecnologías avanzadas de IA se percibe como una nueva forma de imperialismo tecnológico, capaz de cristalizar y amplificar las jerarquías de poder globales existentes.
Al mismo tiempo, muchos de estos países manifiestan su resistencia a lo que describen como un intento de las potencias dominantes en este campo de monopolizar las normas internacionales de IA. Si Estados Unidos y sus aliados dictan las reglas del juego —decidiendo qué es una "IA responsable" y qué no, qué aplicaciones militares son aceptables y cuáles deben prohibirse—, el riesgo es que dichas reglas reflejen los intereses y valores de quienes las redactaron, en lugar de un consenso verdaderamente global.
El resultado es una tensión que se repite con frecuencia en los foros internacionales dedicados a la gobernanza de la IA: por un lado, varios estados enfatizan la necesidad de moderación y responsabilidad colectiva en el uso militar de la inteligencia artificial; por otro, las propuestas concretas para limitar o prohibir ciertas aplicaciones no logran obtener el consenso suficiente, porque las principales potencias, tanto occidentales como no occidentales, encuentran sistemáticamente razones políticas o estratégicas para no sumarse.
La carrera armamentística algorítmica
En este contexto de gobernanza frágil y crecientes tensiones geopolíticas, el desarrollo de capacidades de IA militar avanza entre los principales actores mundiales. Estados Unidos, China, Rusia, así como potencias regionales emergentes como India, Israel, Turquía y Corea del Sur, están invirtiendo fuertemente en sistemas autónomos, inteligencia artificial aplicada a la inteligencia y la guerra electrónica, y plataformas de análisis de datos para uso operativo.
La competencia tecnológica entre Washington y Pekín es particularmente intensa y se desarrolla en múltiples frentes simultáneos: desde la investigación de chips y semiconductores avanzados —considerados la infraestructura física de la IA— hasta modelos de lenguaje a gran escala, desde sistemas de reconocimiento de imágenes hasta plataformas autónomas de mando y control. Ambas superpotencias han comprendido que la ventaja en IA militar no se limita a la capacidad de librar guerras futuras con mayor eficacia: se trata de disuasión, credibilidad estratégica, influencia en las negociaciones diplomáticas y, en última instancia, posición relativa en el orden internacional.
Esta dinámica competitiva genera una carrera armamentística que se retroalimenta: cada jugador percibe la inversión del oponente como una amenaza que exige una respuesta, y cada respuesta, a su vez, justifica una mayor inversión por parte del otro. Este mecanismo es conocido por la historia de la energía nuclear y la Guerra Fría, pero en la era de la IA se desarrolla a una velocidad mucho mayor y con un número mucho más amplio de actores.
En este escenario, el riesgo no reside necesariamente en una guerra convencional a gran escala, sino más bien en una desestabilización progresiva y gradual: conflictos de baja intensidad mediados por IA, crisis precipitadas por la toma de decisiones algorítmicas y accidentes causados por sistemas autónomos no autorizados explícitamente. La historia militar está plagada de guerras iniciadas por error, malentendido o escalada involuntaria. La IA, con su capacidad para reducir los tiempos de toma de decisiones y la presencia humana en la cadena de mando, podría multiplicar este riesgo exponencialmente.
¿Adónde vamos entonces?
La inteligencia artificial ya ha transformado el panorama de los conflictos globales. No se trata de un proceso futuro, sino de un proceso en curso, documentado en escenarios bélicos reales, institucionalizado en las estrategias de las principales alianzas e incorporado a los presupuestos de defensa de las grandes potencias mundiales.
El verdadero desafío para los gobiernos, las instituciones internacionales y la sociedad civil reside en construir una arquitectura de gobernanza acorde con la velocidad y la complejidad de esta transformación. Una arquitectura que combine la necesidad de seguridad estatal con la protección de los derechos fundamentales, que garantice el acceso equitativo a las tecnologías de IA sin convertirlas en instrumentos de dominación, y que establezca normas vinculantes sobre el uso militar de la IA sin renunciar a la supervisión humana en los procesos de toma de decisiones de vida o muerte.
Se trata de una tarea política extraordinariamente difícil, que exige voluntad de cooperación internacional para contrarrestar la actual dinámica de fragmentación y rivalidad. Pero también es urgente, quizás la más urgente en la agenda diplomática mundial. Porque si la tecnología avanza más rápido que la política, las consecuencias podrían ser irreversibles.
Lorenzo Maria PACINI
Profesor asociado de Filosofía Política y Geopolítica en la Universidad de los Dolomitas de Belluno. Consultor en Análisis Estratégico, Inteligencia y Relaciones Internacionales
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