Por primera vez, Estados Unidos se enfrenta a tres opciones: «guerra, negociación y continuación del asedio», ninguna de las cuales es deseable. En este contexto, la «guerra de asedio» se ha convertido en un escenario donde la presión global está cambiando, y la importancia del estrecho de Ormuz ha inclinado la balanza a favor de Irán.
Noornews: Entre las tres opciones de "guerra, negociación y guerra de asedio", la que más se ajusta a la realidad actual es la continuación del tercer modelo: una forma de confrontación prolongada donde las herramientas económicas, marítimas y políticas sustituyen al enfrentamiento militar directo. Sin embargo, lo más importante es que, por primera vez, Estados Unidos se encuentra en la posición de tener que elegir entre "tres malas opciones". Ninguna de ellas, dadas las capacidades y la postura de Irán, resulta estratégicamente atractiva para Washington.
La primera opción es volver a la guerra directa, un camino que, para Donald Trump, no solo tiene un alto costo político, sino que también exige una redefinición de la "necesidad" y la "posibilidad de victoria". Con una opinión pública mundial y un clima político en Estados Unidos cada vez más sensibles a las consecuencias de la guerra, y con sus costos económicos reflejados rápidamente en diversos mercados, especialmente en el sector energético, justificar un nuevo conflicto no es tarea fácil. Además, la capacidad disuasoria de Irán, sobre todo tras el fracaso de Estados Unidos y el régimen sionista en la guerra de los 40 días, ha incrementado significativamente los riesgos de esta opción.
La segunda opción consiste en avanzar hacia la negociación, no desde la igualdad de condiciones, sino dentro del marco de las presiones previas. Esta opción también enfrenta serios desafíos. La respuesta de Irán a la propuesta estadounidense, con 14 puntos, indica que Teherán busca un cambio fundamental en el marco de negociación: desde un alto el fuego temporal hasta el fin total de la guerra, acompañado de garantías de seguridad, el levantamiento de las sanciones, el fin del bloqueo marítimo e incluso el pago de indemnizaciones. Dicho marco implicaría, en esencia, una retirada de Estados Unidos de su política de máxima presión, algo que Washington difícilmente aceptaría.
Sin embargo, la tercera opción, la continuación de la situación actual, o la «guerra de asedio», si bien parece menos costosa, se está convirtiendo gradualmente en una trampa estratégica para Estados Unidos. En este modelo, el factor decisivo no es la capacidad de ataque, sino la «resiliencia». Quien mejor gestione las presiones a largo plazo tendrá ventaja. Desde esta perspectiva, si Irán logra mantener y activar eficazmente sus capacidades estratégicas, especialmente en lo que respecta al estrecho de Ormuz, este escenario podría favorecer a Teherán.
De hecho, incluso si Washington opta por la tercera opción, aún enfrenta un problema fundamental: el cambio en la presión global. Los indicios de este cambio son claramente visibles, especialmente en posturas recientes. El representante de China ante las Naciones Unidas declaró explícitamente que el bloqueo estadounidense contra Irán debe levantarse y que la causa principal de la crisis radica en los ataques "injustos" de Estados Unidos y sus aliados contra Irán. Esta postura va más allá de las declaraciones diplomáticas, señalando el surgimiento de una narrativa alternativa en el escenario internacional, una que presenta a Estados Unidos como la fuerza desestabilizadora.
China también se ha posicionado como mediador internacional imparcial, haciendo hincapié en la necesidad de reabrir el estrecho de Ormuz y detener la guerra, apoyando las negociaciones bajo la supervisión de Pakistán y advirtiendo contra la continuación de las maniobras militares. Mientras tanto, Pekín ha calificado las sanciones estadounidenses contra los buques petroleros iraníes de «ilegales e inaplicables» y ha protestado formalmente contra las restricciones comerciales de Washington. El Ministerio de Comercio de China ha descrito estas acciones como una flagrante violación del derecho internacional y ha reiterado su oposición a las sanciones unilaterales.
La importancia de estos acontecimientos se ve acentuada al constatar que el estrecho de Ormuz se ha convertido en uno de los principales temas de debate entre Washington y Pekín durante la próxima visita de Trump a China. Esto significa que lo que antes se consideraba una cuestión regional es ahora un asunto global con amplias ramificaciones geopolíticas. En tales circunstancias, cualquier interrupción en este paso vital no solo afectará al mercado energético, sino a la economía mundial en su conjunto, intensificando aún más la presión sobre Estados Unidos.
En este contexto, la guerra de asedio ya no es meramente una herramienta táctica, sino que se ha convertido en una estrategia basada en el tiempo. Irán, aprovechando su posición geopolítica y sus capacidades, puede aumentar los costos de esta confrontación para el adversario sin necesidad de una guerra a gran escala.
Por otro lado, sea cual sea la decisión que tome Estados Unidos, se enfrenta a una especie de callejón sin salida: la guerra es costosa y arriesgada; la negociación exige retirada; y el statu quo conduce a una erosión gradual y a una creciente presión global.
En otras palabras, la ecuación actual no es simplemente una competencia entre dos actores, sino una prueba de gestión de crisis y resistencia. En tal ecuación, la superioridad no implica necesariamente una victoria decisiva, sino más bien la capacidad de influir en las tendencias e imponer costos al adversario. Desde esta perspectiva, parece que en la guerra de asedio, la ventaja, al menos por el momento, la tiene Irán; una situación que, si se gestiona con prudencia, podría convertirse en una ventaja duradera.
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