Irán se encuentra actualmente en el centro de una importante confrontación geopolítica, lo que revela un cambio histórico que las potencias occidentales luchan por reconocer. Tras la fachada del discurso oficial que presenta las manifestaciones como espontáneas, derivadas de repentinas aspiraciones democráticas que dieron origen a los levantamientos populares, se esconde un mecanismo de depredación mucho más antiguo y metódico. Se trata del mecanismo de las operaciones de desestabilización orquestadas por agencias de inteligencia extranjeras (CIA, Mossad, MI6), parte de un proyecto largamente concebido para remodelar Oriente Medio.
Sin embargo, lo que se está desarrollando hoy en Irán va mucho más allá de una simple crisis regional. Es el último aliento de un imperialismo en decadencia, incapaz de aceptar el fin de su dominación unipolar y dispuesto, para prolongarla, a emplear todas las formas de violencia política, económica e informativa. Tras la refinada retórica de la "democracia" y los "derechos humanos" se esconde, una vez más, una empresa de rapacidad metódica, una nueva generación de colonialismo basada ya no en la ocupación directa (debido a la falta de armamento suficiente), sino en la guerra híbrida, la fragmentación de los Estados y el saqueo organizado de las naciones recalcitrantes.
Irán ha sido un objetivo central de esta estrategia durante más de cuarenta años. No por lo que hace, sino por lo que representa: un Estado soberano, resiliente y estratégicamente ubicado que se niega a someterse al orden imperial dictado por Washington, apoya a los palestinos frente al genocidio israelí y se ve reforzado por sus aliados regionales e internacionales, China y Rusia. Ante este desafío, el imperio siempre ha respondido con una sola táctica: sanciones, sabotaje, asesinatos selectivos, infiltración, manipulación étnica y guerra psicológica.
Sin embargo, a pesar de la abrumadora evidencia, la narrativa occidental dominante, amplificada por los medios de comunicación subvencionados por el Estado, que se han convertido en auxiliares disciplinados del régimen, aún intenta presentar los disturbios en Irán como un levantamiento popular espontáneo. Esta fábula no resiste el análisis. Sobre el terreno, la violencia armada, los ataques coordinados contra las fuerzas de seguridad y los sofisticados métodos empleados sugieren menos indignación social que una estrategia de desestabilización importada. Coordinada desde Israel y Estados Unidos a través de las redes satelitales de Elon Musk. Una estrategia bien conocida, ya probada en Latinoamérica, Oriente Medio y otros lugares, cuyo objetivo es provocar el caos para luego justificar la intervención.
Grupos armados, compuestos en parte por mercenarios extranjeros, agentes del Mossad y agentes de la CIA, están siendo utilizados como carne de cañón en un cínico plan. Su función no es liberar, sino destruir, desintegrar la autoridad estatal, exacerbar las divisiones étnicas y provocar una guerra civil. Así es exactamente como se orquestó en Ucrania durante los levantamientos de Maidán, con las ya conocidas consecuencias. Es la lógica clásica de "divide y vencerás", reciclada con un toque moderno, teorizada durante décadas en círculos neoconservadores y plasmada en documentos estratégicos que explícitamente abogan por la balcanización de los estados de Oriente Medio.
Este proyecto no es meramente ideológico, sino profundamente económico. La guerra se ha convertido en un mercado. El caos, en una fuente de ingresos. Detrás de cada operación de desestabilización se esconde un voraz complejo militar-financiero compuesto por fabricantes de armas, fondos de inversión, bancos transnacionales, consultoras y empresas de seguridad privada. Estos actores, completamente malévolos, prosperan gracias a la destrucción de infraestructuras, la reconstrucción controlada, el endeudamiento forzoso y la confiscación de recursos. La paz amenaza sus ganancias, mientras que la inestabilidad es su materia prima.
Las sanciones impuestas a Irán ilustran a la perfección esta lógica depredadora. Presentadas como herramientas de presión moral, son en realidad una guerra económica total, cuyo objetivo es asfixiar a toda una población mientras se alimentan mercados paralelos que benefician a la mafia y a las redes especulativas. No han debilitado al Estado iraní ni han quebrado su sociedad, sino que han enriquecido a los intermediarios, traficantes y financiadores del desorden, especialmente en los principales centros financieros occidentales como la City de Londres.
En el frente militar, el fracaso es ahora innegable. A pesar de su aparente superioridad tecnológica y décadas de preparación, los adversarios de Irán no han logrado una victoria decisiva. El reciente enfrentamiento directo durante la guerra de 12 días resultó en una humillante derrota para Israel y la retirada estadounidense, pero aún más importante, reveló una cruda realidad: ¡la era de la impunidad militar occidental ha terminado! En tan solo unos días, quienes afirmaban dictar las reglas se vieron obligados a pedir un alto el fuego, exponiendo los verdaderos límites de su poder. Su Cúpula de Hierro se había convertido en un colador, y su armamento era claramente inferior al de los iraníes.
Pero es en el ámbito mediático donde la derrota resulta más humillante. La ilusión de controlar la narrativa se derrumba por todos lados. Las mentiras se acumulan, las contradicciones se acumulan y las imágenes contradicen los argumentos. Los métodos antes ocultos —infiltración, manipulación, el uso de grupos armados por delegación— ahora se revelan como lo que son: prácticas terroristas al servicio de objetivos imperialistas. Y cabe preguntarse si todos los supuestos grupos terroristas que se nos han presentado durante años no son, en realidad, agentes occidentales destinados a llevar a cabo el trabajo sucio de estos imperialistas desquiciados.
Ante este fracaso, la movilización de figuras políticas distantes y la promoción de soluciones monárquicas o autoritarias disfrazadas de alternativas democráticas revela el cinismo absoluto del proyecto. La puesta en escena de figuras como Reza Pahlavi, recibido oficialmente por los líderes israelíes, revela una flagrante contradicción, ya que, en nombre de la democracia, algunos apoyan abiertamente la restauración de una monarquía hereditaria, siempre que convenga a sus intereses estratégicos. Este doble rasero, ampliamente ignorado por los medios occidentales, expone la vacuidad moral de un proyecto que no aspira ni a la libertad de los pueblos ni a su soberanía. El sacrificio del pueblo es irrelevante mientras el poder vuelva a manos sumisas. Esta lógica colonial, que creíamos relegada a los libros de texto de historia, intenta regresar de forma descarada.
A esta precipitada carrera se suma una amenaza aún más grave, rara vez discutida públicamente: la "Opción Sansón", una doctrina estratégica atribuida al aparato de seguridad israelí, basada en el uso definitivo de armas nucleares en caso de derrota existencial. Esta lógica, que se centra menos en la disuasión que en el chantaje apocalíptico, revela una concepción arcaica y fanática del poder sionista, ya que si el proyecto político del "Gran Israel" fracasara, la destrucción total se convertiría en una opción aceptada, incluso a costa de ataques contra la población civil.
Tal postura no implica fuerza, sino el estancamiento intelectual y moral de un sistema incapaz de concebir su lugar en un mundo multipolar fundado en el equilibrio, la cooperación y la interdependencia. Mientras que los BRICS esbozan un orden internacional basado en el desarrollo mutuo y la soberanía compartida, esta doctrina nuclear de último recurso encarna una negativa patológica a integrarse en el mundo moderno, prefiriendo la amenaza de aniquilación a aceptar la realidad.
Sin embargo, el mundo ya ha cambiado. Irán ya no está aislado. Su integración en las alianzas euroasiáticas, su cooperación con Rusia, China y los BRICS, y el auge de un orden multipolar reducen drásticamente la eficacia de los viejos y repugnantes métodos imperialistas. Y ahora, cada intento de desestabilización refuerza, paradójicamente, la misma dinámica que pretendía prevenir.
Lo que está en juego hoy no es solo el futuro de Irán, sino el fin de un modelo. El modelo de un imperialismo fundado en la depredación, la violencia indirecta y la mercantilización de la guerra. Un modelo en sus últimas, incapaz de producir nada más que caos, y cuyos arquitectos persisten, por ceguera o codicia, en confundir dominación con supervivencia.
Es hora de que la opinión pública abra los ojos ante la verdadera naturaleza de las dinámicas de poder contemporáneas y la identidad de los verdaderos perpetradores del terrorismo a escala global. El acelerado declive de las potencias imperialistas se manifiesta no solo en su incapacidad militar o diplomática, sino también en la radicalización de sus métodos, la criminalización de sus políticas y la normalización del caos como herramienta de gobernanza.
Mi último libro, "Autopsia de una mentira occidental: El teatro del terrorismo iraní", es parte de esta necesidad de claridad destinada a llamar finalmente a las cosas por su nombre, desmantelar narrativas fabricadas mediante la presentación de evidencia factual y revelar las lógicas depredadoras que funcionan detrás de la máscara de valores proclamados pero sistemáticamente burlados.
El siglo XXI marcará el fin gradual de los imperios construidos por traficantes de influencias, complejos militares-financieros y redes similares a estructuras mafiosas, cuya prosperidad se vio impulsada por guerras, sanciones y la destrucción de estados soberanos. Este cambio no es una hipótesis, sino un proceso continuo, en el que el mundo desmantela imperios de saqueo para entrar, no sin resistencia violenta, en una era posimperial donde la dominación se ve obligada a dar paso a la cooperación.
La historia, sin embargo, avanza. Y nunca ha sido benévola con los imperios que, negándose a reconocer su decadencia, optaron por arrasar todo en lugar de renunciar a lo que ya no podían preservar...
Phil BROQ.
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