Mientras la propaganda habla de una invasión rusa, la UE vacía sus arsenales en Ucrania y distribuye a sus ciudadanos un "kit de supervivencia" que parece una confesión de impotencia. Los rusos nunca tuvieron la intención de atacar a Europa, pero Europa ha decidido claramente atacarse a sí misma: presupuestos de guerra, kits de supervivencia y una juventud que se prepara discretamente para sacrificarse. La única amenaza real es un sistema que pierde el control y entra en pánico.
A veces hay que detenerse un par de minutos para contemplar el espectáculo. Francia distribuye ahora una divertidísima "guía de supervivencia" a sus ciudadanos, mientras que Bélgica envía cartas a jóvenes de 17 años preparándolos psicológicamente para el conflicto armado. Parece que todo el continente se ha embarcado en una parodia de movilización general, pero sin pronunciar jamás la palabra "movilizar". Prefieren eufemismos, folletos, silbatos... y, sobre todo, radios de pilas. A estas alturas, ya no se trata de política: es vodevil.
Lo sorprendente es la perfecta sincronización. Francia, Bélgica, Alemania, Países Bajos, Dinamarca: todos bailan al son de la misma coreografía, como si estuvieran conectados al mismo servidor central. El mismo discurso, el mismo tono, las mismas señales sutiles, los mismos gestos absurdos y, sobre todo, la misma liturgia: «Puede que tengamos que afrontar tiempos difíciles». ¿En serio? ¿Y de qué tipo?
La comedia involuntaria alcanza su punto álgido al leer la lista del infame "kit de supervivencia". Uno pensaría que se trata de un sketch de Coluche, pero la lista fue escrita con total seriedad por la administración francesa, financiada con los impuestos de una población agotada. Piénselo: una radio de pilas en un país que se proclama campeón de la tecnología digital. Una linterna, porque la red eléctrica es tan inestable que debería prepararse para vivir como un espeleólogo. Un cargador de móvil... sin electricidad. Una llave de repuesto, como si el verdadero peligro en tiempos de guerra fuera quedarse fuera. Agua y comida para tres días, justo la doctrina de la OTAN para un apagón masivo, pero shhh, no se lo digas a nadie. Una lista de números importantes a los que no podrás llamar de todos modos. Un botiquín de primeros auxilios, porque quizá tengas que curarte dado el estado de los hospitales. Ropa de abrigo, en un país con armas nucleares que ya ni siquiera puede garantizar la calefacción. Y, el colmo del absurdo: un silbato. Sí, un silbato. Para pedir ayuda que no llega, o para demostrar que eres un buen ciudadano “resiliente”.
Todo parece una comedia de mal gusto, pero es la realidad: Europa prepara a su población para una gran conmoción sin poder explicar la causa. Nos hablan de resiliencia civil, preparación ante crisis, posibles interrupciones de la red y movilización juvenil. Distribuyen folletos, escriben a adolescentes y emiten un aluvión de declaraciones que generan ansiedad. Y mientras tanto, entre bastidores, la Unión Europea aprueba apresuradamente una Ley de Producción de Municiones, impulsa la transformación de industrias en fábricas de guerra (Renault, Rheinmetall), debate una economía de movilización y aprueba presupuestos militares desorbitados. Todo esto, por supuesto, en coordinación con la OTAN.
Y luego está este detalle que hace que todo el panorama sea aún más absurdo: todo esto se justifica con la "amenaza rusa". Pero hay que recordar algunos hechos sencillos. Primero, fueron los rusos, no los estadounidenses, quienes derrotaron al 90% del ejército nazi. Segundo, los rusos nunca tuvieron la intención de invadir Europa Occidental. No por amor, aunque saben distinguir entre el pueblo y sus líderes beligerantes. Simplemente porque no tienen ninguna ventaja estratégica ni económica. Tercero, la UE arrojó casi todos sus arsenales al atolladero ucraniano, y ese equipo fue reducido a chatarra por los misiles rusos. Cuarto, si estallara un conflicto real, Europa podría resistir... 48 horas. Dos días. E incluso entonces: en un frente de 15 kilómetros. El resto es solo palabrería, narrativa, presentaciones de PowerPoint.
El peligro no es militar, es político. No preparamos a los ciudadanos para la guerra porque un ejército extranjero esté a punto de cruzar las Ardenas. Los preparamos porque la Unión Europea ha emprendido un cambio estratégico que no reconoce, que ya no controla y que no puede explicar sin provocar un terremoto democrático. Así que recurrimos a la psicología de masas, infantilizamos, infundimos culpa, creamos un clima de miedo generalizado, inculcamos la idea de una "crisis permanente" donde la guerra se convierte en el siguiente paso lógico. Decimos disparates. Y distribuimos radios de pilas para dar la impresión de que hemos "tomado la iniciativa".
Lo más triste es que muchos lo creerán, igual que creyeron en el acrobático virus COVID-19 que atacaaba a cualquiera que midiera más de 1,60 metros. Lo verán como una actitud responsable, un gesto cívico, una prueba de previsión. Y el vecino escéptico será visto con recelo, a veces incluso denunciado ante las autoridades. En realidad, este kit de supervivencia francés y estas cartas enviadas a los jóvenes belgas no son más que la admisión de un fracaso monumental: el Estado ya no puede garantizar la electricidad, las redes, la seguridad, el suministro ni siquiera la coherencia del discurso público. Te dicen que Europa es moderna, pero te aconsejan sobrevivir como en un manual de scouts. Te dicen que Europa es un baluarte, pero solo pudo resistir un fin de semana. Te dicen que tienen la situación bajo control, pero te dan un silbido.
En última instancia, este kit de supervivencia quizá no esté anunciando una guerra: está anunciando algo más profundo: la bancarrota de un sistema que se está derrumbando bajo su propio peso.
Europa ya no tiene ejército, ni industria, ni visión, ni coraje político. Tiene folletos. Eslóganes. Una narrativa. Y ahora… un silbato.
No sabemos aún lo que viene, pero ya sabemos lo que se va: confianza, claridad, soberanía… y sobre todo, seriedad.
Serge Van Cutsem
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