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Le blog de Contra información


Cuando el urbanismo fabrica ciudadanos pasivos

Publié par Contra información sur 9 Septembre 2025, 11:39am

Cuando el urbanismo fabrica ciudadanos pasivos

El artículo analiza cómo el urbanismo y la arquitectura participativa producen ciudadanos pasivos en lugar de actores colectivos, explorando las conexiones familiares, locales y nacionales en la creación del espacio ciudadano.

Introducción

El urbanismo contemporáneo se da a menudo aires de modernidad democrática. Se habla de participación ciudadana, talleres abiertos, co-construcción de espacios públicos. Sin embargo, detrás de estas seductoras palabras, la realidad es mucho más inquietante: no se construye el espacio ciudadano, sino una ciudadanía pasiva, enmarcada y disciplinada. Se invita a los habitantes a «participar» para validar elecciones ya hechas, como si su papel se limitara a marcar la casilla del consentimiento.

Esta deriva no viene de la nada. Es el fruto de una ideología heredada de la Ilustración, donde el individuo fue sacralizado como medida de todo. El urbanismo y la arquitectura, al centrarse en este individuo aislado, han perdido de vista la realidad: una sociedad nunca se resume a la suma de sus partes. Es un tejido de vínculos, una matriz de solidaridades y conflictos que trascienden ampliamente la escala individual.

Ibn Khaldoun lo había presentido con su noción de «asabiyya»: la fuerza de un grupo reside en la cohesión y las solidaridades que unen a sus miembros. Marx lo confirmó al demostrar que las estructuras económicas y políticas condicionan las formas mismas de la vida colectiva. Ignorar estas verdades es condenar el urbanismo participativo a ser solo una puesta en escena, una ilusión de democracia que enmascara la centralización de las decisiones y la imposición de un modelo único.

La pregunta es crucial: ¿queremos crear espacios ciudadanos vivos, o continuar produciendo ciudadanos pasivos, sometidos a la obediencia bajo la apariencia de la participación?

1. La ilusión de la racionalidad individualista

La constatación es flagrante: el individualismo domina el pensamiento urbanístico. Incluso aquellos que quieren ser racionales lo son solo dentro de una burbuja donde el individuo está sacralizado. Este enfoque metodológico confunde observación y verdad científica. Aísla al hombre de sus contextos sociales, económicos y culturales, y luego pretende explicar sus comportamientos como si se tratara de un experimento de laboratorio. Ahora bien, una sociedad real no se deja diseccionar en trozos aislados.

2. La sociedad como matriz

La sociedad solo puede entenderse como una matriz, en el sentido más simple del término. Una matriz es una tabla de elementos interconectados: al cambiar un solo valor, todo el sistema se transforma. Así, una familia, un barrio, una nación no son sumas de individuos, sino redes de interacciones, solidaridades y tensiones. Ibn Jaldún lo comprendió perfectamente con su noción de «asabiyya», la fuerza cohesiva que une a los grupos humanos. Sin ella, ninguna sociedad puede perdurar.

3. El olvido del principio de coherencia (Averroes)

Hoy en día, gran parte del pensamiento dominante ha olvidado el principio de Averroes      de que «dos verdades no pueden contradecirse». En lugar de buscar la coherencia, nos conformamos con tautologías. Por ejemplo, decir que «los ciudadanos no participan porque son pasivos» no demuestra nada. Es una frase que gira sobre sí misma, una rueda hueca. La tautología sustituye al análisis, y el urbanismo se hunde en discursos circulares donde se confunde axioma y conclusión

4. La arquitectura participativa como obediencia

La arquitectura participativa se ha convertido en un terreno ilustrativo de estas contradicciones. Presentada como un avance democrático, a menudo no es más que un proceso de «obediencia disfrazada». Se invita a los habitantes a dar su opinión, pero siempre en un marco ya fijado, donde las decisiones centrales nunca son puestas en tela de juicio. La participación se convierte entonces en un ritual: tranquiliza a las instituciones, da la ilusión de la democracia, pero no engendra verdaderas transformaciones sociales.

5. El enfoque marxista: más allá de la simplificación

Marx ya había demostrado que un grupo social no es una simple suma de individuos. La sociedad está estructurada por relaciones de fuerza, desigualdades de poder y condiciones materiales que pesan sobre los comportamientos. Pensar que la participación ciudadana puede ser «pura» o neutral, es olvidar esta realidad. En cada proyecto urbano hay intereses divergentes, jerarquías implícitas, lógicas económicas que dan forma al resultado final. La ciudadanía no se decreta, sino que se conquista

Conclusión

No se fabrica un espacio ciudadano con procedimientos tecnocráticos, ni tampoco se crea una sociedad sumando individuos aislados. La ciudadanía no es un decorado, un eslogan o una casilla de verificación en un taller participativo. Es el producto de una historia colectiva, de una memoria compartida, de vínculos familiares, locales y nacionales que se entrecruzan para dar sentido a la convivencia.

Seguir pensando el urbanismo a partir del individuo sacralizado es condenar a la sociedad a la miopía y a la reproducción de modelos estériles. Relanzar eternamente un viejo coche que nunca arrancó, con el pretexto de la participación, no lleva a ninguna parte.

Es hora de salir de la ilusión. Pensar la sociedad como una matriz viva, como lo enseñaban Ibn Khaldoun, Averroes  y Marx cada uno a su manera, es reconocer que el ciudadano sólo adquiere sentido en sus vínculos con los demás. Es también aceptar que la verdadera participación no puede reducirse a la obediencia, sino que debe convertirse en un acto de emancipación y de creación colectiva.

El reto es claro: ¿queremos ciudadanos pasivos en las ciudades escaparates, o ciudadanos actores en los espacios vivos? La respuesta no vendrá de arriba. Depende de nuestra capacidad de reinventar juntos las condiciones mismas del común.

Ilyes Bellagha

legrandsoir

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