¿Y si la inteligencia artificial también fuera una cuestión religiosa? Los autores de este texto señalan que muchos defensores de la IA se refieren con frecuencia a lo divino, a veces incluso soñando con reemplazar al mismísimo Dios. Estos cinco especialistas en el tema nos instan a tomar este discurso en serio.
Hay al menos tres buenas razones para debatir las creencias que impregnan el ecosistema de la inteligencia artificial, y en general, la tecnología, en 2025. La primera es responder a la pregunta que se hizo al leer el título de esta columna: "¿Tiene la tecnología realmente una dimensión religiosa?". Sí, y es un hecho aún muy poco conocido, a pesar de ser fundamental para comprender la revolución de la IA en curso.
Durante más de un siglo, numerosos científicos, ingenieros y filósofos influyentes han alimentado la ambición de adquirir poderes divinos a través de la tecnología: volverse omniscientes, omnipotentes e inmortales, crear máquinas pensantes, dominar las fuerzas del cosmos e incluso resucitar a los muertos... Esta visión de un futuro en el que el hombre, todopoderoso, habría superado su propia condición y resuelto todos los problemas de la humanidad gracias a la tecnociencia podría parecer fantasiosa y anecdótica para muchos, pero ya guía las decisiones políticas que se toman hoy en todo el mundo y, por lo tanto, nos concierne a todos, directamente.
Una ideología concreta
Antes de profundizar en nuestras reflexiones y arrojar luz sobre el debate, presentamos una selección de citas de emprendedores y pensadores sobre inteligencia artificial. Esta muestra es solo un vistazo a las numerosas ilustraciones (libros, entrevistas, nombres y logotipos de empresas, proyectos industriales, cultos tecnológicos emergentes, etc.) de las ambiciones metafísicas que las grandes tecnológicas tienen para nuestro futuro. Para Bill Gates, fundador de Microsoft, la inteligencia artificial cambiará tanto nuestra vida cotidiana que pronto nos veremos obligados a inventar «una nueva religión o una nueva filosofía». Ray Kurzweil, director de ingeniería de Google, lleva más de veinte años abogando por la creación de esta «nueva religión», con la IA como su dios.
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¿Puede la inteligencia artificial volverse contra los humanos?
Sam Altman, fundador y director ejecutivo de OpenAI, cree que, al desarrollar la inteligencia artificial, está "del lado de los ángeles y de Dios". Para Marc Andreessen, inversor de Silicon Valley desde hace mucho tiempo, "la tecnología está liberando el alma humana, y la IA debería considerarse una solución universal a todos nuestros problemas". Peter Thiel, director ejecutivo de Palantir, mentor de J.D. Vance y asesor de Donald Trump, también está convencido: gracias a la tecnociencia, "Dios está obrando a través de nosotros para construir el reino de los cielos hoy, aquí en la Tierra".
¿Son estas posturas aisladas? No, ni mucho menos, como afirma Jaron Lanier, pionero de la realidad virtual e investigador de Microsoft: «La opinión predominante [en tecnología] es que la super IA se convertirá en una especie de dios que nos salvará y nos hará inmortales. Hablo constantemente con gente que cree en este tipo de cosas». Una creencia compartida por Neil McArthur, profesor de filosofía de la Universidad de Manitoba, quien está convencido de que «en los próximos años, veremos surgir sectas dedicadas al culto de la inteligencia artificial». Un culto que, según él, deberíamos celebrar...
Una influencia creciente
La segunda razón para analizar estas creencias es su creciente impacto en nuestra vida cotidiana y en el futuro de las futuras generaciones. Esta convicción de que las nuevas tecnologías, y en particular la IA, representan la salvación de la humanidad, guía actualmente las inversiones y las decisiones políticas en muchos países, incluso en Europa, y alimenta la ilusión de que no tendremos que cuestionar las decisiones sociales que están en la raíz de nuestras dificultades. Si se preguntan por qué Donald Trump decidió recortar los presupuestos de la administración estadounidense y las universidades, es simplemente porque sigue las recomendaciones de sus asesores, estos tecnófilos convencidos de que la inteligencia artificial es el futuro de la política, la investigación científica, pero también de la defensa, la salud, la educación, el periodismo, el arte… En resumen, una auténtica «piedra filosofal», en palabras de Marc Andreessen.
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Esta ideología tecnosolucionista y transhumanista, que se extiende lentamente en la opinión pública, da lugar a varias ideas preconcebidas (y falsas) sobre nuestro futuro, como que la IA sería inevitable, que sería necesariamente beneficiosa o que tendría una forma de consciencia embrionaria que la llevaría, algún día, a convertirse en una nueva especie con la que tendríamos la obligación de coexistir. Para los seguidores de estas creencias, como Larry Page, cofundador de Google, cuestionar la posibilidad de que una máquina adquiera consciencia algún día es dar muestras de especismo... Una radicalidad que debería interpelarnos seriamente....
Una cuestión antropológica y ética
La tercera razón para abrir un debate en torno a la fe tecnológica es precisamente la necesidad de comprender sus consecuencias sobre nuestra concepción de la humanidad. La ilustración más llamativa de este fenómeno, actualmente, es el uso creciente de las llamadas IA «sociales» por parte del público en general. Al alimentar la idea de que ahora deberíamos considerar a estas IA como «un nuevo tipo de compañero íntimo y emocionalmente comprometido» - dice Mustafa Suleyman, director ejecutivo de Microsoft AI-, la industria tecnológica está sembrando confusión en la representación que tenemos de lo humano, de lo que es consciente y sensible.
Al elevar religiosamente a las máquinas a la categoría de "nuevas formas de vida", corremos el riesgo de reducir nuestra concepción de la vida a un mecanismo frío y sin alma. Esta confusión entre humanos y máquinas ya se ha cobrado víctimas, y muchos expertos alertan sobre su impacto en nuestra salud mental. Pero, por ahora, la dimensión religiosa de la tecnología es tabú, lo que nos impide pensar en nuestro futuro con total claridad.
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Esta nueva revolución, la inteligencia artificial, por su velocidad, potencia y naturaleza radicalmente nueva, cuestiona los antiguos fundamentos filosóficos de nuestra civilización. No se trata solo de su impacto en el empleo, la investigación médica o la creación artística, sino también en nuestra propia visión de la existencia. Al presentarse como una nueva religión, la revolución de la IA nos confronta —y esto es histórico— con preguntas tan profundas como la naturaleza de la consciencia, la definición de la vida y el lugar del amor en la evolución de la humanidad. Estas son preguntas que esta columna no pretende responder, pero que espera de todo corazón poner en el primer plano del debate público.
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