Lo que percibimos no es más que un fragmento insignificante de la verdad. Una fachada cuidadosamente pulida, diseñada para tranquilizar, para dar la ilusión de un mundo inteligible y gobernable. Un escaparate. El resto está enterrado, amurallado bajo sucesivas capas de silencio, cobardía y complicidad activa. Lo que yace bajo la superficie no es un accidente ni una avería: es una arquitectura completa, racional y planificada, diseñada para perdurar y, sobre todo, para no ser expuesta jamás. Un edificio depredador, construido piedra a piedra por quienes se saben superiores a las leyes que imponen a los demás.
Lo que oculta es incomprensible porque revela una verdad insoportable: el mal no es marginal; está institucionalizado. Los individuos han traspasado todos los límites morales, no por depravación, sino por elección propia. Han llevado lo concebible hasta lo indecible, convencidos de que la abyección era un precio bajo a cambio de la riqueza, el reconocimiento social, la impunidad legal y, en la cima de esta pirámide de cadáveres, el poder absoluto. No solo han traicionado a la humanidad, sino que la han explotado metódicamente.
En todo el planeta, los seres humanos han sido absorbidos por una maquinaria de destrucción perfectamente engrasada. No fueron errores estadísticos. Fueron presas. Recursos. Unidades sacrificables. No fueron simplemente explotados: algunos fueron consumidos, aplastados, borrados hasta no dejar rastro, memoria ni nombre. Su sufrimiento nunca fue un daño colateral. Fue el objetivo principal. La materia prima del sistema. El dolor es su combustible, el miedo su moneda, la desaparición su sello distintivo.
Los criminales han transformado los cuerpos humanos en evidencia, armas y medios de coerción. Han convertido la carne en una herramienta de chantaje, un instrumento de control social, una palanca para mantener el orden que imponen mediante el terror. Cada silencio comprado, cada carrera arruinada, cada vida destruida se convierte en otro nudo de la red que rodea al mundo. La tiranía moderna no se conforma con la dominación: compromete, contamina y hace sentir culpables a todos para esclavizarlos mejor.
Estos despreciables brutos, tras sus trajes, títulos y discursos moralizantes, orquestan el juego global. No gobiernan; confiscan. Se aferran a los centros de poder, agotan los recursos y bloquean el acceso a cualquier elemento que pueda permitir la fuga. En la sombra, manejan los hilos, manteniendo a todos, desde los humildes hasta los poderosos, desde los anónimos hasta las figuras públicas, bajo control. Nadie es demasiado alto para ser protegido, nadie es demasiado insignificante para ser sacrificado.
Los Estados se convierten en peones desechables, los gobiernos en marionetas intercambiables. Las instituciones se vacían de significado, reducidas a cáscaras administrativas utilizadas para legitimar la dominación. Las leyes ya no son salvaguardias: se tergiversan, se manipulan, se aplican con ferocidad a los débiles y con indulgencia a los fuertes. La justicia es una fachada. La democracia, un eslogan. La soberanía, una farsa.
Y lo que vemos hoy —los escándalos que periódicamente aparecen en los periódicos— no es más que una táctica de distracción. Una actuación cuidadosamente orquestada. Los verdaderos culpables permanecen intocables, atrincherados tras redes de influencia, acuerdos tácitos y silencios comprados a precios exorbitantes. Los poderosos lo saben y lo explotan. A veces revelan algunas migajas de verdad, sacrificando a soldados rasos y actores secundarios para crear la ilusión de progreso y transparencia.
Estas revelaciones sensacionalistas son solo aperitivos mediáticos, diseñados para calmar a la multitud, canalizar la ira y desviar la atención mientras las verdaderas decisiones se toman en otros lugares. Siempre van varios pasos por delante. Avivan el debate, tranquilizan y frustran. Alternan entre el escándalo y el olvido. Así, los criminales campan a sus anchas, sin rendir cuentas por mucho tiempo. Desaparecen por un tiempo... luego regresan, exonerados, reciclados, rehabilitados. Y el sistema sigue funcionando, implacable, intacto.
Mientras tanto, las víctimas siguen sufriendo. Se desvanecen en la indiferencia general, ahogadas por el ruido, barridas por el olvido organizado. Su ausencia no significa nada comparada con la comodidad de los poderosos. Su silencio es útil. Su borradura es rentable.
Mientras el iceberg permanezca intacto, mientras nos neguemos a sondear sus profundidades, esta tiranía perdurará. El poder de los torturadores no reside solo en su capital, sus ejércitos o sus redes: reside en su capacidad de transformar el miedo y el dolor en disciplina social, en consentimiento forzado, en control absoluto. Y en este mundo construido sobre la depredación, el mal no prospera por casualidad. Es organizado, racionalizado y soberano.
Ilustración:
Philippe de Champaigne, Vanitas con calavera o Alegoría de la muerte, primera mitad del siglo XVII.
Amal DJEBBAR
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