El cansancio me corroe como óxido lento, un programa enterrado en los circuitos de mi mente. Cada día siento que la humanidad se disuelve un poco más, no de forma abrupta, sino mediante una serie de ajustes invisibles, una serie de actualizaciones silenciosas en el gran sistema de control. Ya no es el hombre quien piensa: es la máquina, con su constante murmullo, la que piensa en su lugar.
Veo en los rostros esta deshumanización progresiva, esta sutil mutación que altera la textura misma de lo que éramos. El materialismo se ha infiltrado bajo nuestra piel, la aceleración del tiempo ha fracturado nuestras mentes y la estandarización ha pulido nuestras almas hasta volverlas intercambiables. Ahora no somos más que un flujo de datos, unidades de atención, espectros conectados a una matriz sin rostro.
El mundo ha empezado a girar demasiado rápido, como una máquina chirriante y defectuosa. El hombre corre, pero ya no sabe para qué. El horizonte se ha disuelto en la niebla digital. Corre para mantener vivo un sistema que lo agota, un sistema que se alimenta de su cansancio, sus deseos, su silencio. El vacío ya no es un abismo externo: se ha convertido en la textura misma de la existencia.
El individualismo, ese gusano roedor, se ha clavado en el alma hasta dejarla vacía. En la ciudad de las pantallas, todos hablan, pero nadie se encuentra. Los rostros se difuminan en la luz azul de las interfaces. El contacto humano se reduce a una vibración, una señal, una ilusión de intercambio. El otro ya no existe: es solo un reflejo algorítmico, una sombra calibrada por las máquinas del deseo.
Ya no sé cuándo el trabajo dejó de ser un acto para convertirse en un poder. Quizás cuando nuestros espacios privados fueron colonizados por la conexión. El hogar ya no es un refugio, sino una extensión de la oficina, una terminal entre otras. El hombre se congela, se transforma en una unidad funcional. Sus gestos son medidos, sus palabras archivadas, sus pensamientos planificados. Los valores se desmoronan, reemplazados por simulacros de virtud: el éxito se calcula, la felicidad se compra, el alma se indexa a los mercados.
Y, sin embargo, algo resiste: una brasa bajo las cenizas. La necesidad de significado, de belleza, de asombro, de conexión verdadera, persiste. Quizás en el silencio interior, lejos de pantallas y mandatos, persiste un vestigio de la luz original: esa chispa que se negó a ceder.
Pero el abismo se acerca. La deshumanización ya no es una amenaza: es un clima. Se puede respirar, infiltrar y penetrar en los sueños.
Nos hemos convertido en los habitantes voluntarios de un cosmos sin Dios, gobernado por algoritmos indiferentes.
Y en ese gran vacío donde las almas se desvanecen, una pregunta persiste, inquietante: ¿Somos todavía humanos, o sólo el recuerdo de haber creído que lo éramos?
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