Overblog Tous les blogs Top blogs Politique Tous les blogs Politique
Editer l'article Suivre ce blog Administration + Créer mon blog
MENU

Le blog de Contra información


La guerra contra la realidad

Publié par Contra información sur 4 Septembre 2025, 10:56am

La guerra contra la realidad

Europa se encuentra en un punto de inflexión histórico, atrapada entre una élite desconectada, dispuesta a sacrificar a su pueblo para mantener su poder, y una dinámica geopolítica descontrolada. Con el pretexto de defender valores y responder a amenazas imaginarias, los líderes europeos están jugando un juego peligroso, sumiendo al continente en una espiral de guerra y crisis. En esta lucha por preservar su hegemonía, ignoran las realidades sociales, económicas y humanas, condenando así a un pueblo que no pidió ser rehén. Ante esta locura, la única salida es la acción colectiva y responsable de la ciudadanía, porque de nosotros depende redefinir un futuro digno y libre, lejos de la guerra y la impunidad.

Quienes afirman gobernarnos ya no ven el mundo tal como es, con sus tensiones, realidades complejas y desarrollos inevitables. No, lo ven a través del prisma distorsionado de sus fantasías, sus ideologías obsoletas, incapaces de aceptar la multipolaridad emergente. Lejos de comprender las dinámicas globales, optan por encerrarse en una burbuja ideológica, una fortaleza de negación, paranoia y arrogancia. Todo lo que escapa a su estrecha visión se convierte, a sus ojos, en una amenaza. Así, denuncian una supuesta conspiración ruso-china con el fervor de un inquisidor en busca de un hereje, cuando es precisamente su propia hostilidad, su arrogante desprecio por el mundo exterior, su injerencia sistemática, lo que ha unido a estas potencias en un bloque planetario unido contra ellas. 

Su lógica es la del pirómano que, al encender el fuego, grita "¡Fuego!". Una lógica suicida, la del jugador arruinado que, presa del pánico, duplica la apuesta con dinero que ya no tiene, creyendo salvar su destino apostando a la guerra. Y mientras tanto, los europeos son solo una variable de ajuste en esta danza macabra. Carne de cañón ideológica, un peón prescindible en un juego en el que nunca han sido ni participantes ni beneficiarios. Pero para estos aprendices de estratega, lo que está en juego no es el bienestar de los ciudadanos, sino su propia supervivencia política, incluso si eso significa destruir todo lo que queda de la civilización europea.

Avanzan más o menos disimulados, pero su maniobra es deslumbrantemente transparente para quienes saben observar. Este puñado de líderes desconectados de la realidad, totalmente obsesionados con sus intereses privados e impulsados ​​por las órdenes de sus amos transatlánticos, se precipitan sin escrúpulos al abismo de un conflicto global que ellos mismos iniciaron conscientemente. Estas élites ya no representan al pueblo, cuyas voces y luchas ahora desprecian. Ya no actúan en nombre del bien común, sino para defender un orden oligárquico implacable, fundado en el saqueo de recursos, la opacidad financiera y una impunidad moral inquebrantable. Sus decisiones ya no son una cuestión política, sino de gestionar un imperio en decadencia, dispuesto a todo para sobrevivir. 

Esta guerra que preparan no es una respuesta a una amenaza externa ni una evolución natural del mundo. Es una estrategia fría y calculada, una distracción sangrienta, una trágica cortina de humo. Su único propósito es enmascarar el colapso interno total, con un colapso a la vez económico, social y moral, que ellos mismos han orquestado mediante sus destructivas decisiones económicas y sus incesantes manipulaciones. La guerra se convierte así en una operación de rescate encubierta, como un intento desesperado de diluir sus responsabilidades en el fragor marcial, de ocultar sus errores tras el rugido de las armas. Un medio para redefinir su agenda global de tecnodictadura, para hacer olvidar las crisis que han provocado y para fortalecer su control sobre un pueblo ahora reducido al papel de espectador obligado, dispuesto a sacrificarlo todo por los caprichos de unos pocos.

Lejos de ser una reacción a un peligro objetivo, este frenesí bélico no es más que una huida precipitada final, un intento desesperado por enmascarar la incapacidad de estas élites para responder al caos que ellas mismas han generado. Una huida patética hacia la nada, pero perfectamente voluntaria. Es una estrategia de distracción, donde la guerra se convierte en una válvula de escape para quienes se niegan a afrontar la realidad de su fracaso. Necesitan esta guerra, no para defender nada, sino para evitar responder. Para evitar rendir cuentas. Para evitar asumir el fracaso abismal de su modelo, este sistema que se ha vuelto obsoleto, carcomido desde dentro por décadas de neoliberalismo salvaje, injusticia social y miopía económica. Porque la verdad está ahí, desnuda y brutal, y estas autoproclamadas élites están acorraladas, atrapadas por la montaña de deuda que han permitido acumular como una carga inextricable. Pero una carga que asfixia a las personas y a las futuras generaciones que prefieren ignorar. 

Finalmente, está el ascenso irremediable de potencias rivales, como China, Rusia, India, etc., que, a pesar de su ostracismo, humillación y desprecio, avanzan inexorablemente en el escenario mundial. Y estas élites, incapaces de dominar a estas nuevas fuerzas, prefieren sumergir a Europa en un conflicto absurdo antes que afrontar su fracaso. Y que ya no controlan nada.

Así pues, ante el colapso que ellas mismas han provocado, estas élites solo tienen un instinto de supervivencia: intentar desatar la guerra. Una guerra no para proteger, sino para distraer. No para liberar, sino para endeudar. No para unir, sino para aplastar cualquier voz disidente. Una guerra no para defender un territorio, una cultura o un pueblo, sino para desviar la atención, reescribir la narrativa y comprarse un indulto a costa de aquellos a quienes traicionan. Una escalada controlada hacia una guerra que el pueblo no pidió, pero por la que pagará el precio. Una guerra fría y calculada, donde la vida de los ciudadanos europeos, su seguridad, su futuro, ahora solo cuentan como variables de ajuste en un plan global dictado por intereses muy alejados de sus preocupaciones cotidianas.

Pero cuidado, esta no es su guerra. Es la nuestra, la que nos imponen, la que quieren que libremos, mientras saborean champán en palacios seguros, congratulándose de haber saqueado metódicamente naciones enteras. Han saqueado nuestras economías, destripado nuestras industrias, vendido nuestra soberanía, envenenado nuestros alimentos, mercantilizado nuestra salud y ahora atacan nuestro futuro. Y como las mentiras ya no bastan, como el miedo ya no funciona, solo les queda la violencia organizada, institucional y militarizada. Porque al final de este proceso, solo queda el objetivo de sacrificar pueblos en el altar de una ideología que solo se mantiene unida mediante la coerción, el chantaje y el terror.

No importa que los arsenales estén vacíos, los presupuestos agotados, los hospitales en ruinas y los servicios públicos agonicen en medio de la indiferencia general. Nada de esto parece ser una prioridad para quienes ostentan el poder. Se han redefinido las prioridades, pero no al servicio del bienestar colectivo. No, sirven a otra causa mucho más siniestra, ya que se están preparando morgues, se están reclutando voluntarios para la guerra, se están financiando misiles con miles de millones y se están subvencionando los salarios ucranianos mientras los trabajadores europeos se ven ahogados en la precariedad y los impuestos. 

El contraste es abominable. El escenario está listo, el telón está a punto de levantarse, y Europa, bajo el pretexto de la diplomacia humanitaria, ya no tiene una política exterior propia. No es más que un mero ejecutor, un vasallo dócil, que sigue una hoja de ruta militar impuesta por Washington. Tras la cortina de humo de las grandiosas declaraciones de solidaridad y paz, se despliega una lógica de confrontación total, programada e implacable.

Lo más preocupante de esta deriva es la sumisión voluntaria, casi religiosa, a la estrategia estadounidense, que trata a Europa no como un actor geopolítico soberano, sino como un mero campo de batalla periférico en su guerra por la sucesión hegemónica. Contener a Rusia hoy para que pueda atacar a China mañana: ese es el plan. Y no importa si, en el camino, Europa queda reducida a cenizas. No importa si una generación entera es sacrificada en el altar de esta ambición descabellada. No importa si las economías colapsan, las sociedades se fragmentan o los Estados se vuelven ingobernables. Lo esencial es la realización de este proyecto geopolítico, y qué lástima si el coste humano y social es monstruoso. Las decisiones se toman en otros lugares, lejos de las preocupaciones y aspiraciones de los pueblos europeos. Estos ya no votan, ya no deciden; se han convertido en espectadores impotentes de un teatro trágico del que son víctimas.

Las capitales europeas, oficialmente reducidas a meros apéndices de la estrategia neoconservadora estadounidense, ya no desempeñan su papel de mediadoras o garantes de la estabilidad. Al contrario, organizan el caos con la precisión de la planificación industrial, actuando como engranajes de una maquinaria infernal. Bruselas, antaño vendida al pueblo como el bastión de la diplomacia y la paz, se ha metamorfoseado en el artífice de un proyecto belicista en el que los pueblos de Europa no son más que combustible de una maquinaria de guerra geopolítica. La palabra «paz», antaño fundamental en su discurso, simplemente ha desaparecido del vocabulario diplomático. En su lugar, nos sirven frases cuidadosamente calibradas como «apoyo inquebrantable», «sanciones masivas», «envío de armas» y todo un arsenal de expresiones educadas y silenciosas que ya no ocultan la verdad de su objetivo con esta guerra interminable, esta guerra para todos. Estas palabras sólo pretenden ahora enmascarar la realidad de un continente sumido en un conflicto permanente entre élites y humanidad, del que los dirigentes europeos se han convertido en promotores y ejecutores, arrastrando consigo a poblaciones que no quieren esta guerra, pero que, al no poder hacer oír su voz, pagarán un alto precio.

Y en esta guerra implacable contra la realidad, Europa vende su alma sin pestañear. Abandona todo lo que constituía su dignidad e identidad, desde la soberanía hasta la razón y, por supuesto, la paz. A cambio, se entrega a un proyecto totalitario disfrazado de tecnocracia. Una Europa que se transforma en un campo de pruebas para el control digital omnipresente, una economía de guerra permanente y un enfoque de seguridad de vía única, aplastando toda disidencia bajo montañas de datos y leyes impuestas. Lejos de ser un bastión de libertad y diversidad, esta Europa se ha convertido en una máquina para aplastar las libertades individuales en nombre de un orden artificial. Una Europa donde la inmigración masiva, en lugar de enriquecerse, se convierte en una simple variable de ajuste demográfico, utilizada para mantener un mercado laboral militarizado y precario, subordinado a la lógica de la guerra. Una Europa donde ya no discutimos un proyecto común, sino donde asistimos al colapso de un modelo sin futuro, sin coraje, sin voz.

Cada día, la prensa oficial, a sueldo de esta maquinaria, retransmite las palabras de los estrategas, amplificando una narrativa basada únicamente en el miedo y la imaginación. Se acusa a Rusia de todo tipo de males, desde interferencias GPS hasta operaciones híbridas, desde amenazas invisibles hasta interferencias constantes. Pero la realidad de lo que vivimos, las verdades crudas y tangibles, se evacúa sistemáticamente. Se la reemplaza por una ficción de seguridad permanente, una narrativa inventada para justificar la censura injustificable, el empobrecimiento general, el intento de esterilización de la población y su reemplazo por la inmigración masiva, la vigilancia masiva y la creciente militarización de la vida civil. Esto ya no es una guerra contra Rusia, ya no es una confrontación con una nación vecina. No, es una guerra contra la realidad misma, una guerra librada contra toda lógica, contra toda verdad. Es una negación metódica de los hechos, una reescritura orwelliana de la historia a medida que sucede, donde cada acontecimiento, cada decisión, se reconfigura según las necesidades de un poder que ya no teme a la contradicción. Y mientras el mundo se derrumba a nuestro alrededor, estas élites siguen blandiendo la guerra como bandera, convencidas de que su narrativa será, en última instancia, la única verdad.

Porque en realidad, eso es lo que más temen: que el pueblo despierte y se alce. Que el pueblo alce la voz. Que el pueblo diga no. No a la guerra. No a los sacrificios sin sentido que nos imponen. No a este despojo democrático disfrazado de "apoyo a la paz". No a esta comedia macabra, a esta tragedia que se desarrolla a costa de los ciudadanos en nombre de la paz, pero al servicio exclusivo del lucro y el control. El conflicto en Ucrania, al igual que las tensiones en Oriente Medio, no son accidentes geopolíticos, sino síntomas de una estrategia global orquestada por una élite que, en su locura, busca restablecer el mundo mediante el caos. No para construir un futuro más justo o unido, sino para seguir reinando, dominando, sobre ruinas. Sus ruinas. Las ruinas de nuestra civilización, de nuestra dignidad. Y mientras tanto, nosotros, el pueblo, seguimos siendo espectadores, reducidos a peones en este interminable juego de poder.

La historia no nos esperará. Juzgará estas decisiones, pero ¿a qué precio? Ha llegado el momento de tomar las riendas de nuestro destino. Porque ya no se trata simplemente de decisiones políticas o reformas económicas, sino de la supervivencia misma de nuestras sociedades, nuestros pueblos y nuestros valores. Europa se encuentra hoy en una encrucijada. Es imperativo elegir: resistir esta lógica letal o someterse en silencio a esta deriva absurda que nos condena a todos.

Se acabó el tiempo de la inacción. Ya no podemos permitirnos ser espectadores de esta tragedia, de esta lenta agonía impuesta por una casta desconectada de la realidad que nos aplasta. Si queremos preservar lo que queda de nuestra humanidad, nuestra soberanía, nuestras libertades, es imperativo que alcemos la voz, actuemos y rechacemos esta guerra total que no nos pertenece. La guerra no es un medio para gobernar; es un medio para controlar, aplastar y manipular. Es hora de que la gente se levante y exija un cambio radical. Que los líderes dejen de servir a intereses extranjeros a expensas del bien común, que la guerra deje de socavar nuestras vidas y nuestras esperanzas, y que la paz verdadera y duradera sea finalmente una prioridad.

La impunidad de las élites debe terminar. Esta locura no puede continuar. Debemos denunciar estas maniobras, estos compromisos, estas manipulaciones. Debemos despertar la conciencia colectiva, restablecer la verdad y exigir un futuro donde el bienestar del pueblo prevalezca sobre las estrategias geopolíticas, las ganancias y las ambiciones desmedidas de los poderosos. La historia recordará nuestra elección: resistir la autodestrucción o someternos, ciegamente, a una guerra que nunca será nuestra.

El tiempo se agota. Es hora de actuar. Si queremos salvar lo que aún se puede salvar, si queremos ofrecer a nuestros hijos un futuro digno y libre, es hora de repensar nuestro destino colectivo. Ya no hay lugar para la indiferencia, ya no hay lugar para la inacción. Ha llegado la hora de alzar la cabeza, de afrontar la realidad, de resistir la locura que nos devora. Europa, su gente, nuestro futuro dependen de esta decisión crucial. Es nuestra responsabilidad. Aún hay tiempo, pero no por mucho más.

Phil BROQ.

 

Blog de l'éveillé

jevousauraisprevenu

Pour être informé des derniers articles, inscrivez vous :
Commenter cet article

Archives

Nous sommes sociaux !

Articles récents